A la mañana siguiente, convoqué una reunión de emergencia de la junta directiva.
Las reacciones iban desde la sorpresa hasta la confusión y un escepticismo apenas disimulado. No los culpé. Para ellos, seguía siendo la nieta que había elegido un aula en lugar de una oficina.
No alcé la voz. No expliqué demasiado. Presenté las cifras. Las discrepancias. Los planes.
Al final de la reunión, la sala se sentía diferente. Más tranquila. Concentrada.
Mi padre no dijo ni una palabra.
Cuando le pedí que se quedara después, parecía un hombre que ya conocía el resultado.
"Nunca pensé que serías tú", dijo finalmente en voz baja. "Pensé que se lo dejaría a Michael. O a mí".
"Ese es el problema", respondí. "Nunca pensaste en lo que era mejor para la empresa. Ni para la familia. Solo en lo que era más fácil en ese momento".
Miró fijamente la mesa. "Intentaba proteger a mi hijo".
"¿Y quién protegía todo lo demás?", pregunté.
No respondió.
Le ofrecí una opción. Una salida digna de las operaciones diarias. Cooperación total. Hora de buscar ayuda para Michael sin que el negocio se derrumbara bajo el secretismo y la presión.
No fue piedad.
Fue estructura.
Mi madre lloró cuando se lo conté. No lágrimas dramáticas. Lágrimas silenciosas. De esas que llegan cuando la negación finalmente se disuelve.
Michael no discutió. Parecía aliviado, de una manera que dolía ver. Como alguien que había estado cargando con un secreto demasiado pesado para seguir escondiéndolo.
"No confío en mí mismo ahora mismo", admitió. "No quiero arruinar nada más".
Esa fue la primera cosa honesta que me dijo en años.
Durante las siguientes semanas, Thompson Industries cambió de maneras que la mayoría de la gente no notó al principio. Nueva supervisión. Sistemas transparentes. Conversaciones abiertas que se habían evitado durante demasiado tiempo.
Los ingresos se estabilizaron. Luego crecieron.
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