A las 2 de la madrugada, mientras me alojaba en casa de mi hermana con mi hijo de cuatro años, mi marido me llamó de repente.
El sonido del teléfono resonó en la habitación oscura, rompiendo el silencio pesado de la madrugada. Me incorporé lentamente, intentando no despertar a mi hijo que dormía profundamente a mi lado.
Al ver su nombre en la pantalla, sentí un vuelco en el estómago. No era propio de él llamar a esas horas.

—¿Qué pasa? —susurré, intentando que mi voz no revelara la inquietud que me invadía.
Hubo un breve silencio al otro lado. Un silencio demasiado largo.
Después, su respiración —agitaba, irregular— atravesó la línea.
—Necesito hablar contigo —dijo finalmente, con una voz que jamás le había escuchado. Temblorosa. Como si algo se hubiera quebrado dentro de él.
Me incorporé por completo.
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