A los 60 años, una multimillonaria se hizo pasar por una mujer de limpieza sencilla… y así salió a la luz la maldad dentro de su empresa

—Cuídese del piso quince, Mari —le susurró mientras preparaban las cubetas—. Ahí están las licenciadas Anita y Linda… muerden. Anita despidió a una muchacha porque pidió permiso para llevar a su hijo enfermo al doctor.

Elena sintió una punzada de culpa. Desde su oficina en el piso veinte, rodeada de vidrio y silencio, nunca imaginó que su empresa respirara ese veneno.

Ese mismo día la asignaron al piso quince, el área de Ventas. Mientras trapeaba los pasillos, escuchó voces detrás de un cubículo. Anita y Linda hablaban sin bajar el tono, convencidas de que nadie que limpiara merecía oír secretos.

—Diego Valenzuela llega mañana —dijo Linda con una sonrisa falsa—. Es mi boleto directo a Miami. Un poco de escote, halagos… y cae.

—Su mamá debe estar loca o enferma —rió Anita—. El camino está libre.

Elena apretó el trapo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. No por ella… sino por su hijo.

En ese momento apareció Ximena, una pasante joven, con zapatos gastados y una mirada limpia. Tropezó con la cubeta y, en lugar de reclamar, se disculpó de inmediato.

—Perdón, señora… ¿no la mojé? Soy Ximena. Si necesita ayuda para mover mesas pesadas, avíseme.

Fue la primera persona que la miró como a un ser humano.

A las once en punto llegó Diego. Anita y Linda se lanzaron sobre él con risas exageradas y gestos estudiados. Diego respondió con educación distante y, al pasar, se detuvo frente a Elena, que fingía limpiar el piso.

—Tenga cuidado, señora —le dijo con genuina preocupación—. El piso está resbaloso.

Linda intervino con desprecio:

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