A punto de dar a luz, la esposa fue sola a comprar cosas para el bebé, sin imaginar que se encontraría a su marido llevando a su amante al mercado. Un solo mensaje suyo dejó al hombre paralizado en el lugar…
No le salieron las lágrimas. Sintió como si un puño le apretara el corazón con fuerza.
No hizo un escándalo. No lloró. Xóchitl simplemente sacó su teléfono y envió a su marido una sola frase…
Al otro lado del pasillo, el teléfono de Santiago vibró en su bolsillo. Con un gesto molesto por la interrupción, lo sacó mientras le decía a la joven: “Espérame tantito, mi amor, seguro es del trabajo”.
Abrió el mensaje. Sus ojos leyeron la línea de texto de Xóchitl, y la sonrisa arrogante en su rostro se congeló, reemplazada por una palidez mortal. Volvió a leerlo, una y otra vez, mientras el ruido del mercado se desvanecía en un zumbido sordo.
El mensaje decía:
“Mi amor, ya que estás ahí, ¿podrías comprar también un biberón y algo de ropita para un niño recién nacido? Acabo de hablar con tu mamá. Dice que la esposa de tu hermano Mateo acaba de dar a luz, pero él está de viaje de negocios y no puede volver. Pobrecita mi cuñada, sola en un momento así”.
Santiago se quedó paralizado. El sudor frío le recorrió la espalda. No era la ira o los celos en el mensaje lo que lo aterrorizaba, sino la escalofriante calma y la implicación que contenía.
Su hermano mayor, Mateo. El orgullo de la familia, el hijo exitoso que siempre había sido el favorito de sus padres. El mismo hermano que, según le había contado su madre hacía meses, se había ido al extranjero por un proyecto a largo plazo y no volvería hasta el próximo año.
En ese instante, todo encajó en su mente como las piezas de una pesadilla: las misteriosas llamadas nocturnas de Xóchitl, su extraña serenidad en los últimos meses, la forma en que evitaba hablar del futuro más allá del parto…
Y su propio vientre, el vientre de ocho meses que él había ignorado con tanta displicencia.
Levantó la vista, buscando desesperadamente a Xóchitl entre la multitud, pero ella ya no estaba. Se había ido, tan silenciosamente como había descubierto su traición.
La joven a su lado tiró de su brazo, con voz melosa: “¿Pasa algo, Santi? Te pusiste pálido”.
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