A punto de dar a luz, la esposa fue sola a comprar cosas para el bebé, sin imaginar que se encontraría a su marido llevando a su amante al mercado. Un solo mensaje suyo dejó al hombre paralizado en el lugar…

Santiago la miró, pero ya no la veía. Solo podía ver el rostro tranquilo de su esposa. El mensaje no era una acusación, era una declaración. Una declaración de que ella sabía que él la estaba engañando, y que ella también tenía un secreto, uno mucho más grande y devastador. Con una sola frase, Xóchitl no solo le había hecho saber que su aventura estaba descubierta, sino que también le había revelado que el hijo que ella esperaba no era suyo. Era de su propio hermano.

El biberón y la ropa de bebé que le pedía comprar no eran para su amante, ni siquiera para su propio hijo ilegítimo. Eran un regalo envenenado: un recordatorio de que mientras él traicionaba a su esposa, ella había llevado en su vientre la prueba de una traición aún mayor, justo en el corazón de su familia.

La bolsa del mandado se le cayó de la mano, esparciendo frutas por el suelo mojado. Santiago se quedó allí, en medio del bullicio del mercado, completamente quebrado. Había entrado creyéndose el rey de su pequeño mundo, y en un instante, se dio cuenta de que no era más que un tonto en un juego que ni siquiera sabía que estaba jugando. Y había perdido. Lo había perdido todo.

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