Fue entonces cuando vio a Valeria. Su esposa estaba de pie en el umbral de la enorme puerta de caoba, con los brazos cruzados. Llevaba 1 vestido de diseñador, su cabello rubio perfectamente alisado, sus uñas recién pintadas de color vino, y en su rostro había 1 expresión de absoluta frialdad. Valeria no estaba alterada, ni triste, ni preocupada. Estaba satisfecha.
“Valeria, ¿qué es esta locura?”, preguntó Alejandro, sintiendo 1 nudo en el estómago.
“Tenía que pasar, Alejandro”, respondió ella con 1 suspiro calculado. “Te dije que no podíamos confiar en esa gata. Hoy revisé mi joyero y faltaban 3 piezas: el collar de diamantes, los aretes de esmeralda y la pulsera de oro. Ella es la única que entra a nuestra habitación. Son 300,000 pesos en joyas”.
Lupita levantó la cabeza por 1 vez. El metal de las esposas ya le había dejado 2 marcas rojas en las muñecas. Miró a Alejandro con sus ojos oscuros, temblando, y con la voz rota suplicó: “Señor, yo no robé nada. Se lo juro por la memoria de mi madrecita. Se lo juro por la vida de mi hermana. Yo no tomé nada”.
Leo corrió hacia su padre, golpeando sus pequeñas piernas con sus puños. “¡Papá, diles que la suelten! ¡Mi mamá es mala, Lupita no!”. Los 2 policías ignoraron los gritos, tomaron a Lupita por los brazos y, tras apartar bruscamente a Mateo que seguía aferrado a ella, la metieron a la fuerza en la parte trasera de la patrulla. Las puertas se cerraron de golpe.
Alejandro se quedó paralizado en la acera, sosteniendo a sus 2 hijos que lloraban desconsolados, mientras Valeria los observaba desde la puerta principal sin mover 1 solo músculo para consolar a sus propios hijos. Es imposible creer lo que estaba a punto de suceder…
PARTE 2
La patrulla dobló la esquina y desapareció de la vista, dejando tras de sí 1 silencio pesado, interrumpido únicamente por los sollozos de los 2 niños. Alejandro tomó a Mateo en 1 brazo, agarró la mano de Leo con el otro y caminó hacia la casa. Pasó por un lado de Valeria sin dirigirle 1 sola palabra. Llevó a los gemelos a la sala, los sentó en el sofá de cuero y se arrodilló frente a ellos. Los niños estaban destrozados. No era el llanto de 1 berrinche pasajero, era el duelo profundo de haber perdido a la única persona que los hacía sentir seguros.
Alejandro subió a la cocina buscando agua para los niños. Valeria estaba recargada en la barra de granito, sosteniendo 1 copa de vino tinto en 1 mano y su teléfono celular en la otra, revisando sus redes sociales con la tranquilidad de quien acaba de volver de 1 día de compras en Polanco.
“Explícame esto, Valeria. Ahora mismo”, exigió Alejandro, con la voz cargada de 1 tensión peligrosa.