Ayudar demasiado a los hijos a veces es hacerles daño. A los 60 años, una madre tuvo que cambiarlo todo.

Dos años después, Lourmarin. Sol, cigarras. Michel llegó con su bebé en el asiento trasero. Amandine, vestido sencillo, ahora asistente administrativa, sonreía sin máscaras.

Comimos bajo la sombra. Carne asada, conversación tranquila: trabajo, recibos, orgullo del sueldo ganado.

Levanté mi copa:

—Mi mejor inversión fueron ustedes.

Michel se rió:

—La mejor de tu vida, mamá.

Amandine dijo en voz baja:

—Gracias por obligarnos a crecer.

A veces, el amor más fuerte es decir: « arréglenselas ». El final feliz no es magia. Es cuando cada quien se gana su lugar, paso a paso.

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