Llevo años trabajando en la misma caja de farmacia, así que ayudar a la gente es solo parte del trabajo. Pero una noche, silenciosamente cubrí la medicina de un desconocido, y a la mañana siguiente, entró un policía preguntando por mí.
Mido 13,5 cm y llevo más de una década trabajando en la misma farmacia de barrio. Es un trabajo sin futuro que realmente no me hace feliz, pero necesito comer.
Llevo tanto tiempo trabajando aquí que he empezado a reconocer a la gente por su forma de andar antes de ver sus caras.
El tipo que siempre compra bebidas energéticas y Tums. La madre con tres hijos y un carrito lleno de snacks. La pareja de ancianos que todavía se toma de la mano mientras recoge las recetas.
Se oyen fragmentos de sus vidas en breves ráfagas en la caja.
"Mi marido ha vuelto al hospital".
"Mi hija empieza la universidad".
Se aprende a sonreír, a conversar con insignificancias y a hacer avanzar la cola.
Pero también se aprende a interpretar a la gente. La forma en que les temblaban las manos al abrir la cartera. La forma en que se quedaban mirando las etiquetas de los precios demasiado tiempo.
Esa noche, faltaba una hora para que terminara mi turno.
La tienda estaba en esa extraña calma entre las prisas de la tarde y el cierre.
Unas cuantas personas haciendo fila, música suave, el zumbido de las neveras de fondo.
Fue entonces cuando la vi.
Una mujer mayor, moviéndose despacio, con cuidado en cada paso. Llevaba consigo a una niña pequeña, de unos cinco o seis años. La niña estaba acurrucada a su lado, cogiéndole la mano, tosiendo de vez en cuando con esa tos cansada y con el pecho que suelen tener los niños cuando llevan tres días enfermos.
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