Soy Claire Dalton. Treinta y dos años. Soltera. Sin hijos, al menos en teoría. Ese detalle me inquietaba antes, cuando aún imaginaba un futuro ordenado. Una boda. Una carrera profesional. Un hogar tranquilo por la noche.
En cambio, mi vida se volvió ruidosa, abarrotada e imposiblemente completa. Se convirtió en un mundo moldeado por tres pares de zapatos en la puerta, calcetines desparejados en la lavandería y el zumbido constante de la responsabilidad que nunca duerme del todo.
Leo tiene doce años. Pensativo, de mirada aguda y demasiado observador para su edad.
Mia tiene ocho. Brillante, testaruda, siempre haciendo preguntas que dan directo al pecho.
Ben tiene seis. Todo rodillas y codos, risas y lágrimas repentinas.
Son los hijos de mi hermana Rachel. Y durante cinco años, han sido míos en todo lo que importa.
La noche que Rachel me pidió que le hiciera una promesa, la habitación del hospital olía ligeramente a antiséptico y a flores marchitas. Las máquinas chasqueaban y pitaban suavemente, indiferentes a cómo mi mundo se desmoronaba. Sentía su piel fría en la palma de la mano, pero su agarre era feroz, urgente, como si temiera que me escapara.
"Claire", susurró, cada palabra le costaba esfuerzo, "por favor... no dejes que se sientan abandonados".
Sus ojos buscaron los míos con una desesperación que todavía me despierta algunas noches.
"Sé su madre y su padre si es necesario".
Asentí antes de que mi mente tuviera tiempo de reflexionar. Las lágrimas lo nublaron todo. "Lo prometo", dije con la voz quebrada. "No los dejaré. Nunca".
Esa promesa reescribió mi vida más completamente que cualquier contrato firmado.
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