Cada mañana limpiaba pisos para los ricos y llevaba pan a mi madre en la calle. Creí que nadie lo sabía, que a nadie le importaba. Pero una mirada observaba… y traía consigo una decisión que cambió destinos

La Ciudad de México todavía no despertaba cuando el frío ya estaba despierto desde hacía horas.
Ese frío que no grita, pero cala. Que no se ve, pero se mete en los huesos y se queda ahí, recordándole a los pobres que la noche siempre dura más para ellos.

Me llamo Lucía Hernández.
Para el mundo soy una mujer cualquiera, una más entre miles: la señora de uniforme gris que limpia oficinas en un edificio elegante de Paseo de la Reforma. Para los ejecutivos, no tengo rostro. Para mi jefe, Don Esteban Salgado, multimillonario respetado y temido, soy apenas un nombre escrito en una lista que nunca se mira dos veces.

Pero antes de ponerme el uniforme y marcar mi entrada, cada mañana hago el mismo camino.
Camino rápido, con la cabeza baja, hasta una banca vieja cerca de la Alameda Central.

Ahí está ella.

Mi madre.

Doña Rosario, encogida bajo cartones húmedos, envuelta en una cobija desgastada que alguna vez fue roja. Hace cuatro meses que duerme en la calle. Cuatro meses de frío, de miedo, de humillación silenciosa.

El cáncer se llevó a mi padre.
Las deudas se llevaron nuestra casa.
Y ella, como tantas madres mexicanas, decidió quedarse con lo peor para que yo pudiera salvarme.

—Tú trabaja, hija —me dijo el día del desalojo, sin levantar la voz—. Yo ya viví. A mí Dios me cuida.

No discutí.
Las madres no escuchan razones cuando creen que están protegiendo a sus hijos.

Cada mañana le llevo café caliente en un termo barato, un bolillo con frijoles, a veces un huevo duro. Todo escondido en mi bolsa de limpieza, entre trapos y detergente, como si la dignidad también tuviera que esconderse.

—Apúrate, mamá —le digo bajito—. Hoy amaneció más frío.

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