Cada mañana limpiaba pisos para los ricos y llevaba pan a mi madre en la calle. Creí que nadie lo sabía, que a nadie le importaba. Pero una mirada observaba… y traía consigo una decisión que cambió destinos


Me quedé.

Nos casamos sin lujos, en Xochimilco, rodeados de flores sencillas. Mi madre me entregó del brazo, llorando.

Años después, volvimos a la misma banca de la Alameda. Mi madre jugaba con mi hija pequeña. Don Esteban leía el periódico.

—¿Por qué venimos siempre aquí? —preguntó la niña.

—Porque aquí tu mamá salvó a tu abuela —respondió él—. Y también me salvó a mí.

Miré el cielo gris de la ciudad y entendí algo que la pobreza nunca enseña, pero la vida sí:

la bondad no hace ruido… pero puede cambiar destinos enteros.

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