El viento de noviembre en Virginia no coquetea. No te roza cortésmente y sigue su camino. Presiona, deliberado y frío, encontrando cada resquicio en tu ropa, asentándose en los espacios entre tus costillas como si quisiera quedarse.
Esa mañana, azotó el patio de la iglesia y persiguió las frágiles hojas rojas del roble por el sendero de piedra gris en ráfagas rápidas y rasposas. El sonido me recordó al papel seco arrastrado sobre el hormigón. Los árboles se alzaban desnudos y desnudos contra un cielo pálido, y el mundo entero se sentía vacío de calor.
Pero el frío en el aire no era nada comparado con la escarcha que desprendía la gente reunida a mi alrededor.
Me encontraba cerca del borde del patio con mi uniforme militar.
El abrigo era oscuro y pesado, tan planchado que cortaba. Los pantalones azul claro caían limpios sobre unos zapatos lustrados. Una franja dorada recorría cada pierna, nítida como una línea dibujada. Mi perchero captaba la tenue luz otoñal cada vez que me movía; los colores brillaban contra la tela oscura. Cada pieza de metal y tela guardaba un recuerdo: campos de entrenamiento, largas noches, polvo de despliegue, la silenciosa tensión de superar situaciones a las que nunca esperaste sobrevivir.
Esto no era un disfraz. No era yo intentando destacar.
Esto era una orden.
El coronel Andrew Morrison me lo había pedido. No me lo había sugerido. No me lo había insinuado. Me lo había pedido directamente, con esa voz firme que te hacía sentarte erguido sin pensar.
"Vestido de gala", me había dicho semanas atrás, cuando aún tenía fuerza en la voz. "El servicio se honra con el servicio".
Había dicho que sí sin dudarlo.
ver continúa en la página siguiente
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
