Cuando ella se presentó a una cita a ciegas, aparecieron tres niñas en su lugar y dijeron que su padre llegaría tarde.
"Así que tú eres el hombre que me dejó plantada", dices.
La cara de Mateo se desploma de pura vergüenza.
"No fue a propósito", jura. "Iba a llamar. Te lo prometo".
Renata habla en voz baja, como si estuviera controlando su pánico.
"No está enojada, papá".
Valentina añade: "Ya lo explicamos todo".
Lucía termina como un juez dando su veredicto.
"Y le gustamos."
Mateo te mira con esperanza y horror a partes iguales, y ahora lo ves con claridad.
No es un hombre descuidado. Es un hombre que carga con miedo, de esos que te hacen pensar demasiado, meter la pata y aun así aparecer.
Su disculpa es real, no performativa.
Te ablandas sin intentarlo, porque la crueldad te ha enseñado a reconocer la sinceridad como un idioma raro.
"¿Cómo querías que fuera esta noche?", preguntas.
Mateo vuelve a pasarse la mano por el pelo.
"Más normal", admite. "Menos así."
Inclinas la cabeza.
"Lo normal está sobrevalorado", dices. "Y tus hijas son una compañía excelente. Me lo han contado casi todo."
Los ojos de Mateo se abren de par en par con horror.
"Oh, no", susurra.
Te ríes.
"Tranquila", dices. “Cosas buenas, sobre todo. Excepto lo de los panqueques.”
Las chicas estallan en carcajadas, y Mateo parece como si le hubieran dado un puñetazo y lo hubieran perdonado a la vez.
Parpadea como si intentara confirmar tu autenticidad.
Luego, casi impulsivamente, te pregunta si aún quieres cenar para compensarte.
La pregunta sale cruda, como si pidiera una segunda oportunidad, no solo una comida.
Miras a las tres chicas, que te devuelven la mirada como pequeñas negociadoras con el corazón en la mano.
“¿Con ellas?”, bromeas.
“Con nosotras”, declara Lucía, porque claramente es la directora ejecutiva de la operación.
Mateo espera tu negativa como si hubiera acumulado demasiados rechazos como para esperar otra cosa.
Respiras hondo y te sorprendes con la verdad.
“No tenía planes”, dices. “Vine a encontrarme con alguien. Y, técnicamente, ya lo hice.”
Mateo exhala temblorosamente, como si su pecho por fin recordara cómo expandirse.
"Entonces ven a casa", dice, y la palabra "casa" no suena a algo que ofrece a la ligera.
Su casa no es enorme, pero es cálida, como el dinero no puede fabricar.
Dibujos de niños pegados a las paredes. Un calendario en la nevera está lleno de imanes y recordatorios. Citas con el dentista. Clase de baile. Festival escolar.
Y con una letra pulcra y cuidada, justo ahí, en la fecha de hoy, dice con letras claras: "Cita con Sofía".
Sientes que te suben el calor a las mejillas, porque este hombre no improvisó.
Te hizo un espacio en su vida a propósito.
La cena es un desastre adorable.
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