Cuando ella se presentó a una cita a ciegas, aparecieron tres niñas en su lugar y dijeron que su padre llegaría tarde.
A veces es compromiso. A veces es presencia.
A veces es un hombre que escribe "cita con Sofía" en un calendario de nevera como si importaras.
A veces son tres niñas con suéteres rojos que llegan temprano con chocolate caliente y un plan, porque se niegan a dejar que su padre deje de ser feliz.
Mateo se levanta y te pone el anillo en el dedo, y encaja como si siempre hubiera estado destinado a estar ahí.
El café se llena de risas y felicitaciones. Paola aparece desde atrás, llorando y grabando todo con su teléfono.
“Te dije que valía la pena”, dice entre lágrimas de felicidad.
Te ríes y la abrazas porque tenía razón, incluso cuando no la creías.
La boda se celebra tres meses después en una pequeña ceremonia en el jardín.
Las chicas vuelven a llevar vestidos iguales, esta vez en un suave color lavanda. Caminan por el pasillo delante de ti, esparciendo pétalos de flores con la seriedad que solo los niños pueden aportar a las tareas importantes.
Mateo llora cuando te ve.
Lloras cuando lo ves esperando.
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