Para cuando llegué a mi octavo mes de embarazo, mi mundo se había reducido de maneras que nunca imaginé. Cada movimiento requería planificación. Cada recado requería esfuerzo. Sentía mi cuerpo desconocido, estirado y dolorido, pero con un profundo propósito. Llevaba una nueva vida, y aunque eso me llenaba de un discreto orgullo, también me dejaba agotada de una forma para la que nadie me había preparado.
Esa noche debería haber sido normal. Mi esposo y yo habíamos ido al mercado local a comprar comida, nada inusual, nada dramático. Al regresar a casa, me dolían las piernas y me palpitaba la espalda. El peso del día me oprimía, e hice lo que me pareció razonable. Le pregunté a mi esposo si podía llevar las bolsas de la compra.
No lo dijo con brusquedad. No fue una orden. Fue una simple petición de una mujer que se acercaba al final del embarazo, esperando un pequeño momento de apoyo.
Antes de que él tuviera oportunidad de responder, mi suegra habló.
Su voz era aguda, impaciente y tan fuerte que cortaba el aire. Me miró con manifiesta irritación y me dijo unas palabras que jamás olvidaré.
“El mundo no gira alrededor de tu vientre. El embarazo no es una enfermedad”.
Me quedé allí, atónita. Las bolsas se sentían más pesadas en mis manos. Esperé, instintivamente, a que mi esposo interviniera. Que dijera algo. Que reconociera que lo que ella había dicho era cruel, o al menos innecesario.
No lo hizo.
Asintió, como si le diera la razón. Como si sus palabras fueran razonables y las mías no.
Así que recogí las bolsas y las llevé dentro de mí. Cada paso me dolía, pero no como duelen los músculos doloridos. Este dolor provenía de algo más profundo. De sentirme rechazada. De darme cuenta de que la persona que debería haber estado a mi lado eligió el silencio.
Ese silencio me acompañó durante toda la noche.
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