Cuando mi marido regresó después de tres años trabajando lejos, no volvió solo.
Que yo era casi una exmujer.
Que dormíamos separados desde hacía años.
Que la empresa era suya.
Le mostré, sin teatralidad, todo:
Dos escrituras, varios extractos, el acta notarial del cese.
No lloró.
Solo asintió una vez.
Larga, como quien termina de atar una verdad desagradable.
—Entonces nos mintió a las dos —dijo.
—Sí.
No hicimos amistad.
No era eso.
Pero salimos de aquella mesa entendiendo el mismo problema.
Esa misma semana, Camila abandonó el apartamento de Guadalajara.
Se fue con el niño a casa de su hermana en Mérida.
Fernando perdió en cuatro días:
A la mujer con la que presumía de futuro.
El despacho desde el que daba órdenes.
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