Pero Helen no se rindió. En el cuarto cumpleaños de Lucas, apareció sin avisar:
"Quiero que Caleb se haga una prueba de ADN", declaró.
“No lo haré”, respondió Caleb, cruzándose de brazos. “Lucas es mi hijo. No necesito pruebas”.
Helen entrecerró los ojos:
“¿Cómo puedes estar tan seguro? No sabes con quién estaba”.
“¡No hables de mí como si no estuviera!”, grité.
“Sé que no es tu hijo biológico”, insistió Helen. “Todos los niños de nuestra familia se parecen a su padre. Admite quién es el verdadero padre, para que Caleb no pierda el tiempo”.
“¡Llevamos 15 años juntos! ¿Entiendes lo que acabas de decir?”, grité con la voz temblorosa de rabia.
“Nunca pensé que fueras una esposa fiel”, replicó con frialdad.
“¡Basta!”, gritó Caleb. “Confío en mi esposa. Sé que no me ha engañado. No me haré la prueba”.
“Entonces, ¿de qué tienes miedo? ¡Demuéstralo!” Helen siseó, con una sonrisa depredadora extendiéndose por su rostro.
"La conversación ha terminado", dijo con firmeza.
Helen se fue, pero antes de hacerlo, susurró:
"Algún día te darás cuenta de que tenía razón".
El colapso
Intenté olvidarlo, pero sus palabras me dolieron.
Pasaron dos semanas en silencio, sin llamadas ni visitas. Empecé a pensar que Helen se había dado por vencida.
Pero una tarde llegué a casa y me quedé paralizada en la puerta. Caleb estaba en el sofá, con la cabeza entre las manos. Helen estaba a su lado, con la mano en su hombro. Se me heló la sangre.
"¿Dónde está Lucas?", pregunté.
"Está bien", dijo Caleb con dulzura. "Lo llevé con tu madre".
"¿Qué pasa?"
Me miró con los ojos enrojecidos.
"¿Qué pasa?" ¡Mi esposa me mintió todos estos años!
Me flaquearon las piernas.
"¿De qué estás hablando?", pregunté.
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