¿Te imaginas que el día más feliz de tu vida se convierta en una pesadilla frente a todo el pueblo? María Fernanda estaba vestida de blanco, a punto de comenzar su vida de casada cuando su esposo hizo lo impensable. La golpeó brutalmente en el atrio de la iglesia ante los ojos de Dios y de todos sus invitados. Nadie imaginaba que ese golpe desataría una venganza tan fría y calculadora.
que años después dejaría a todo México sin aliento. El sol de mediodía caía a plomo sobre las calles empedradas de San Miguel, haciendo brillar la cúpula de la antigua parroquia con una intensidad que lastimaba la vista. Todo el pueblo se había reunido en la plaza principal esperando ver a la novia más hermosa de la temporada bajar de su auto clásico. Las campanas repicaban con fuerza, anunciando lo que todos creían que sería la unión perfecta entre dos familias respetadas de la región.
Sin embargo, el aire caliente traía consigo una sensación pesada, como si la atmósfera misma supiera que algo no estaba bien. María Fernanda estaba sentada en el asiento trasero del coche, alisando por décima vez la falda de encaje importado que su madre había elegido con tanto esmero. Sus manos temblaban ligeramente sobre el ramo de flores blancas y aunque intentaba sonreír para su padre que iba a su lado, sentía un nudo en el estómago que no podía deshacer. Se repetía a sí misma que eran solo los nervios normales, la ansiedad de que todo saliera perfecto ante los ojos críticos de la sociedad de San Miguel.
Fuera de la iglesia, los invitados comenzaban a impacientarse, abanicándose con los programas de la ceremonia para combatir el calor sofocante de mayo. Los murmullos empezaron a crecer como un enjambre de abejas, pasando de los elogios sobre la decoración a las preguntas incómodas sobre el novio. Alejandro no había llegado a la hora pactada y un retraso del novio era algo que las tías y abuelas del pueblo consideraban un presagio de mala suerte. Doña Consuelo, la madre de Alejandro, miraba su reloj dorado con una mezcla de furia y preocupación, escaneando la calle principal en busca del vehículo de su hijo.
Ella sabía, mejor que nadie que Alejandro había pasado la noche anterior celebrando su despedida de soltero con demasiada intensidad. Rezaba en silencio para que su hijo apareciera sobrio y presentable, rogando a todos los santos que no avergonzara el apellido de la familia frente a tanta gente importante. Finalmente, el motor rugiente de una camioneta negra rompió el murmullo general y se detuvo bruscamente frente a la escalinata de piedra de la iglesia. Alejandro bajó del vehículo ajustándose el saco con un movimiento brusco y desalineado que no pasó desapercibido para los hombres presentes.
Tenía los ojos enrojecidos ocultos tras unas gafas oscuras que no se quitó hasta que estuvo bajo la sombra del atrio y su paso era firme pero extrañamente agresivo. Cuando pasó junto a los primeros invitados, una estela inconfundible quedó flotando en el aire, un aroma dulzón y penetrante a tequila reposado, mezclado con loción cara. Su padrino, un amigo de la infancia que parecía igual de trasnochado, le dio una palmada en la espalda para animarlo, pero Alejandro solo respondió con un gruñido seco.
No saludó a nadie, ni siquiera a su madre, y caminó directo hacia el altar, como si marchara hacia una sentencia que detestaba. María Fernanda bajó del auto apenas vio entrar a Alejandro, sintiendo un alivio inmenso que le permitió respirar de nuevo con normalidad. Su padre le ofreció el brazo y juntos comenzaron el lento ascenso por las escaleras mientras la marcha nupsial comenzaba a sonar en el órgano antiguo. La gente se puso de pie, las cámaras de los teléfonos celulares se alzaron y por un momento la belleza de la novia hizo que todos olvidaran el retraso del novio.
Al llegar al altar, Alejandro no se giró para verla venir. mantuvo mirando fijamente al Cristo de madera al fondo de la iglesia con la mandíbula tensa. Cuando el padre de María Fernanda le entregó la mano de su hija, Alejandro la tomó con fuerza, sin delicadeza, y sus dedos se sintieron húmedos y fríos. Ella lo miró buscando esa complicidad que solían tener, pero él mantenía la vista al frente, respirando por la boca de manera pesada. La ceremonia avanzó en una especie de neblina tensa donde las palabras del sacerdote parecían rebotar contra un muro invisible.
Alejandro se secaba el sudor de la frente constantemente con un pañuelo, luciendo cada vez más irritado por la duración de la misa. Cada vez que el padre hablaba sobre el amor, la paciencia y el respeto, el novio hacía muecas imperceptibles como si le molestara escuchar esos consejos. Llegó el momento de los votos y la voz de María Fernanda salió clara y dulce, llena de una esperanza genuina que conmovió a varias señoras en las primeras filas. Cuando fue el turno de Alejandro, sus palabras sonaron atropelladas, dichas con prisa, como quien quiere terminar un trámite burocrático engorroso.
No la miró a los ojos ni un solo segundo, mientras prometía amarla y respetarla todos los días de su vida. El intercambio de anillos fue torpe. A él le costó deslizar la argolla en el dedo de ella y lo forzó con impaciencia hasta que entró. María Fernanda sintió un pequeño dolor en el dedo, pero no dijo nada, manteniendo esa sonrisa perfecta que había ensayado frente al espejo. En su mente justificaba todo pensando que Alejandro estaba estresado por la boda, por los negocios o por el calor insoportable de la iglesia.
Cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, el beso que Alejandro le dio fue más un choque de bocas que un gesto de amor romántico. Se separó de ella rápidamente y comenzó a caminar hacia la salida sin esperarla, obligándola a trotar un poco para alcanzarlo y tomarlo del brazo. Los invitados aplaudieron, lanzaron arroz y pétalos blancos, creando una lluvia festiva que contrastaba con la cara de pocos amigos del recién casado. salieron al atrio donde la luz del sol los golpeó de nuevo y el fotógrafo oficial de la boda los detuvo para la sesión de fotos obligatoria con la fachada de la iglesia.
Alejandro resopló audiblemente, aflojándose el nudo de la corbata con desesperación, buscando con la mirada a algún mesero que trajera bebida. “Solo un par de fotos más, por favor, es la mejor luz del día”, insistió el fotógrafo tratando de dirigir la escena. Ya estuvo bueno, ¿no?, dijo Alejandro con voz pastosa, lo suficientemente alto para que lo escucharan sus padres y los suegros que estaban cerca. Tengo sed y hace un calor del demonio aquí afuera. Vámonos ya al salón.
La madre de María Fernanda se abanicó más rápido, nerviosa por el tono grosero de su yerno, pero prefirió voltear la cara. El fotógrafo, profesional pero visiblemente incómodo, pidió una última toma. Un abrazo, por favor, y una mirada llena de amor hacia la novia. Alejandro pasó su brazo por los hombros de María Fernanda, pero su peso era muerto, una carga más que un abrazo protector. Ella podía oler el alcohol emanando de sus poros. Una mezcla rancia que le revolvió el estómago por primera vez en el día.
María Fernanda, queriendo salvar el momento y tener un recuerdo bonito de su boda, se inclinó suavemente hacia el oído de su esposo. Con toda la dulzura de la que era capaz y tratando de calmar a la bestia que sentía despertar en él, le susurró un consejo inocente. Amor, sonríe un poquito más. Las fotos van a quedar hermosas si nos vemos felices, le dijo con voz suave. Esas palabras simples actuaron como un detonante en la mente nublada y agresiva de Alejandro en ese preciso instante se soltó del abrazo con un movimiento violento, girando todo su cuerpo para quedar frente a ella, con los ojos desorbitados por una furia irracional.
“¿Me estás diciendo qué hacer?”, gritó él y su voz rebotó en las paredes de piedra de la iglesia, silenciando de golpe a los músicos. La plaza entera se congeló. Las risas de los niños se apagaron y los invitados que estaban felicitándose entre ellos se giraron hacia la pareja. María Fernanda retrocedió un paso asustada por la transformación repentina del hombre con el que acababa de casarse. No, Alejandro, solo decía que intentó explicar ella con la voz temblorosa, levantando las manos en un gesto de paz.
No me digas qué hacer y no me exijas que sonría cuando no quiero rugió Alejandro completamente fuera de sí, perdiendo cualquier rastro de civilidad. El alcohol en su sistema y su carácter volátil se mezclaron en una tormenta perfecta frente a cientos de testigos. Nadie se movió, nadie intervino. Todos estaban paralizados por la incredulidad de ver al novio gritándole a la novia en el atrio. Entonces ocurrió el gesto que cambiaría la vida de todos en ese pueblo para siempre, el momento que partiría la historia en dos.
Alejandro levantó la mano derecha abierta y pesada y con un impulso cargado de desprecio lanzó un golpe seco y directo. La palma de su mano impactó con una fuerza brutal contra la mejilla izquierda de María Fernanda. El sonido fue agudo, como el chasquido de un látigo, y resonó con un eco macabro en el silencio absoluto de la plaza. La fuerza del impacto fue tal que el delicado velo de novia se desprendió de su peinado y cayó lentamente al suelo sucio.
María Fernanda perdió el equilibrio, sus tacones se dieron y cayó de rodilla sobre las piedras duras, llevándose las manos al rostro. El mundo pareció detenerse en ese segundo. Los pájaros dejaron de cantar y el viento dejó de soplar. La marca roja de los dedos de Alejandro comenzó a brotar instantáneamente en la piel pálida de la novia, visible para todos. Ella no gritó, simplemente se quedó ahí de rodillas mirando el suelo, incapaz de procesar que el amor de su vida la había golpeado minutos después de jurarle amor eterno.
Alejandro se quedó de pie sobre ella, respirando agitadamente, con el pecho subiendo y bajando, sin mostrar ni una pizca de arrepentimiento inmediato. miró a su alrededor desafiante, como si esperara que alguien se atreviera a cuestionar su autoridad sobre su nueva esposa. El horror se instaló en los ojos de los presentes, una mezcla de miedo y vergüenza ajena que helaba la sangre. Fue en ese instante de silencio sepulcral cuando se escuchó el primer soyoso ahogado de María Fernanda, un sonido roto que partía el alma.
Y mientras ella lloraba en el suelo con su vestido blanco manchándose de polvo, todos supieron que la fiesta había terminado antes de empezar. El cuento de hadas se había convertido en una pesadilla pública y el infierno de María Fernanda apenas estaba abriendo sus puertas. El grito desgarrador de la madre de María Fernanda rompió el trance colectivo, actuando como una señal para que el infierno se desatara en el atrio de la iglesia. Las señoras mayores se llevaron las manos a la boca para sofocar sus propios gritos mientras jalaban a los niños pequeños para esconder sus rostros en sus faldas y evitar que vieran más violencia.
Los invitados que segundos antes celebraban retrocedieron en una oleada de pánico, tropezando unos con otros en su afán de alejarse del novio, que parecía emanar una energía oscura y peligrosa. Nadie podía creer que la boda del año se hubiera transformado en una escena policial en cuestión de segundos. Alejandro no se movió para ayudar a su esposa, ni siquiera bajó la mirada para ver el daño que le había causado en el rostro, que ya comenzaba a hincharse visiblemente.
En su lugar, comenzó a caminar en círculos pequeños, como un animal enjaulado pasándose las manos por el cabello con una frustración desmedida que asustaba a todos. Eso te pasa por quererme controlar”, gritó con la voz ronca, señalando con un dedo acusador a la mujer que yacía en el suelo. Para él, en su lógica retorcida por el alcohol, ella era la culpable de haberlo provocado con ese susurro inofensivo. El padre de la novia, un hombre de campo respetado y pacífico, salió de su estupor inicial con el rostro desencajado por la furia y los puños apretados con fuerza a los costados.
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