Cuando tenía cinco años, mi hermana gemela se adentró en el bosque detrás de nuestra casa y desapareció. La policía afirmó haber encontrado su cuerpo, pero no había tumba ni funeral; solo años de silencio y la silenciosa sensación de que su historia nunca terminó realmente.

Me hicieron preguntas que no pude responder. Registraron el bosque cercano durante la noche. Lo único que encontraron fue la pelota roja de Ella.

Eso fue todo lo que me dijeron.

La búsqueda se prolongó. Los días se convirtieron en semanas. Los adultos susurraban. Nadie me explicó nada.

Finalmente, mis padres me sentaron y me dijeron que habían encontrado a Ella en el bosque. Mi padre solo dijo una frase:

"Ella murió."

No recuerdo ningún funeral. No me llevaron a ninguna tumba. Sus juguetes desaparecieron. Su nombre dejó de pronunciarse.

Aprendí rápidamente a no hacer preguntas. Cada vez que lo hacía, mi madre se cerraba, diciendo que la lastimaba. Así que crecí en silencio, cargando sola con la pérdida.

De adolescente, intenté ver el expediente policial. Me dijeron que no se podía acceder a los registros y que era mejor dejar oculto cierto dolor.

A los veinte, le pregunté a mi madre por última vez. Me rogó que no reviviera el pasado. Dejé de preguntar.

La vida siguió adelante. Me casé, tuve hijos y me convertí en abuela. Desde fuera, mi vida estaba plena, pero por dentro, siempre había un espacio donde Ella debería haber estado.

A veces me sorprendía poniendo dos platos. A veces oía la voz de un niño en la noche. A veces me miraba al espejo y pensaba: «Así es como se vería Ella ahora».

Años después, visité a mi nieta en la universidad. Una mañana, fui sola a un café que me recomendó.

Mientras hacía fila, oí la voz de una mujer pidiendo café. El sonido me impactó; me resultó familiar de una manera que no podía explicar.

Miré hacia arriba.

Ella se parecía exactamente a mí.

La misma cara. La misma postura. Los mismos ojos.

 

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