“Déjenlo morir… el linaje es débil. No manchen mi entrada italiana.” Mi padre lo dijo con una frialdad imposible mientras su nieto de seis años se desangraba en el suelo, después de que el Ferrari de un VIP lo arrollara frente a todos. Yo temblaba, buscando mi teléfono con desesperación para llamar al 911, pero él lo pateó lejos como si mi hijo no fuera más que un estorbo, murmurando que no quería “sirenas arruinando la fiesta”. En su cabeza, yo seguía siendo el fracaso pobre que apenas podía sostener un viejo Honda… y por eso no merecía ni respeto, ni voz, ni urgencia. Lo que jamás imaginó… es que esa mansión donde él se creía dueño de todo, en realidad era mía. Y lo más cruel de toda esa noche… era que yo lo sabía desde el primer segundo.

Ahí fue cuando decidí destruirlo.

No tuve tiempo para pensar en planes elaborados. Mi instinto fue más rápido. Corrí hacia el garaje lateral, donde sabía que estaba el teléfono fijo del personal, y marqué emergencias con manos manchadas de sangre. Mientras hablaba, escuché pasos detrás de mí.

Era Julián.

Me agarró del brazo con fuerza y me miró con una furia silenciosa.

—¿Qué estás haciendo? —susurró apretando los dientes.

—Lo que tú no eres capaz de hacer: salvar a tu nieto —respondí.

Intentó quitarme el auricular, pero lo empujé con rabia. Un choque breve, pero suficiente para que mi padre se quedara sorprendido. Él siempre me había visto como un hijo fracasado, derrotado, incapaz de enfrentarlo.

—Tú no mandas aquí —gruñó.

—Sí mando —dije, y mis palabras sonaron extrañamente firmes.

Volví corriendo hacia Mateo. La gente estaba alrededor, algunos con miedo, otros con morbo. Rodolfo Bianchi seguía allí, con las manos levantadas como si fuese un accidente menor.

Mateo tenía los labios fríos.

Me arrodillé junto a él, lo sostuve y le hablé al oído, como si mi voz pudiera mantenerlo presente.

—Aguanta, campeón. Papá está aquí.

Cuando llegaron los paramédicos, Julián intentó intervenir.

—No pueden entrar así. Hay invitados importantes —protestó.

Uno de los paramédicos lo ignoró. Otro le dijo con crudeza:

—Hay un niño muriéndose. Muévase.

Mi padre quedó humillado, y yo casi lo disfruté. Rodolfo quiso acercarse y ofrecer dinero, como si con eso se pudiera limpiar la culpa.

—Yo lo… lo siento. Lo compensaré —balbuceó.

 

 

 

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