“Déjenlo morir… el linaje es débil. No manchen mi entrada italiana.” Mi padre lo dijo con una frialdad imposible mientras su nieto de seis años se desangraba en el suelo, después de que el Ferrari de un VIP lo arrollara frente a todos. Yo temblaba, buscando mi teléfono con desesperación para llamar al 911, pero él lo pateó lejos como si mi hijo no fuera más que un estorbo, murmurando que no quería “sirenas arruinando la fiesta”. En su cabeza, yo seguía siendo el fracaso pobre que apenas podía sostener un viejo Honda… y por eso no merecía ni respeto, ni voz, ni urgencia. Lo que jamás imaginó… es que esa mansión donde él se creía dueño de todo, en realidad era mía. Y lo más cruel de toda esa noche… era que yo lo sabía desde el primer segundo.
A la mañana siguiente, mientras Mateo seguía dormido, conectado a monitores, me fui directo a la villa en Toscana con Claudia. No para discutir, no para gritar, sino para hacer lo que debía desde hace años: poner límites.
Mi padre seguía celebrando. Sí, celebrando. Cuando entré al salón principal, la fiesta ya era un desayuno tardío con champán, croissants y risas vacías. Rodolfo Bianchi estaba allí, con gafas oscuras, fingiendo normalidad. En cuanto me vio, bajó la mirada.
Mi padre sonrió apenas.
—Mira quién volvió… el conductor del Honda —dijo con sarcasmo—. ¿Ya murió el niño?
Esa frase me congeló. Claudia soltó un gemido de indignación. Yo respiré hondo y saqué una carpeta de documentos.
—Mateo está vivo —respondí—. Y tú vas a salir de esta casa hoy.
Julián soltó una carcajada.
—¿De mi casa? ¿Estás delirando?
Hice una seña a mi abogado, Sergio Cifuentes, que entró junto a dos agentes privados de seguridad. La música bajó. Los invitados empezaron a callarse. El ambiente se volvió espeso.
—Señor Ortega —dijo Sergio con voz profesional—, estos documentos acreditan que la propiedad pertenece legalmente a Álvaro Ortega, su hijo.
Mi padre parpadeó. Luego miró a su alrededor, buscando complicidad en los invitados, pero nadie habló. Rodolfo Bianchi dio un paso atrás.
—Eso es imposible —murmuró Julián—. Yo compré esta villa.
—No —le dije—. La compré yo. Hace tres años. Tú solo viviste aquí porque pensé que eras capaz de amar a tu familia. Pero ayer vi quién eres realmente.
Julián se acercó, amenazante, como cuando yo era adolescente.
—No te atrevas a humillarme delante de todos.
—Tú humillaste a tu nieto cuando lo dejaste sangrar en el suelo —respondí—. Tú pateaste mi teléfono para que no llamara al 911. Tú dijiste que una vida valía menos que una fiesta.
Las palabras cayeron como piedras. Algunas invitadas se taparon la boca. Uno de los socios de mi padre se alejó discretamente.
Julián intentó mantener su postura, pero sus manos temblaban.
—Esto… esto no quedará así.
—Claro que sí —dije—. Porque además de echarte, hoy mismo voy a presentar una denuncia formal contra Rodolfo Bianchi y contra ti por obstrucción de auxilio.
Rodolfo levantó las manos.
ver continúa en la página siguiente
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
