Descubrí que mis hermanos ganaban el doble y ganaban mucho menos que yo en la empresa familiar. Cuando pregunté a Recursos Humanos, mi padre me miró a los ojos y me dijo: «Son hombres, y ustedes solo malgastan el dinero». Renuncié al instante, y él se rió. «¿Quién te va a contratar?». Así que fundé mi propia empresa competidora... y me llevé a todos los clientes.
Mi madre me llamó justo cuando terminaba de cenar. Su voz sonaba alegre, con una informalidad forzada.
"Clara, cariño... tu padre ha oído hoy un rumor interesante. Algo sobre que Blackstone Properties está considerando otras empresas de gestión".
La noticia corrió como la pólvora en nuestro sector.
"Hoy he almorzado con David Blackstone", confirmé.
Silencio.
Luego, con cautela: "¿Estás considerando trabajar con ellos?".
"Mamá", dije, "ellos están considerando trabajar conmigo. Hay una diferencia".
"Pero Clara", dijo, alzando un poco la voz, "es uno de nuestros clientes más importantes. ¿Eso no te pone en conflicto con el negocio familiar?".
El negocio familiar. No era el negocio de papá, ni Mitchell and Associates, sino el negocio familiar, como si mi marcha no hubiera decidido ya dónde estaba.
“No hay conflicto”, dije con calma. “Dirijo mi propia empresa y atiendo a clientes que deciden trabajar con nosotros. Si esos clientes prefieren nuestros servicios a la competencia, es la dinámica del mercado”.
“¿La competencia?” Su voz se endureció. “Clara, somos tu familia”.
Y ahí estaba. La suposición de que la lealtad familiar implicaba sacrificio profesional. Que debía limitar el crecimiento de mi negocio para evitar competir con quienes me habían discriminado durante años.
“Sí”, dije, “ustedes son mi familia. Pero Mitchell and Associates es mi antiguo empleador. En los negocios, esas son relaciones diferentes”.
Mamá guardó silencio un largo rato.
“Tu padre no va a estar contento con esto”.
“La felicidad de papá ya no es mi principal preocupación”, respondí con suavidad. “El rendimiento de mi negocio sí lo es”.
Después de colgar, me quedé sentada en mi apartamento reflexionando sobre la magnitud de lo que estaba sucediendo. Hace ocho meses, me habían despedido y ganaba la mitad que mis hermanos, pero hacía el doble de trabajo. Ahora, clientes importantes buscaban mis servicios, eligiendo mi empresa en lugar de mi antiguo negocio familiar, basándose en los resultados, no en las relaciones.
El contrato con Blackstone requeriría contratar más personal, actualizar nuestros sistemas y ampliar nuestras oficinas. Tendría que gestionar con cuidado ese crecimiento para mantener los estándares que nos dieron esta oportunidad.
Pero lo más importante era que era la prueba de que la competencia podía hablar más alto que las conexiones; que construir algo basado en el mérito, en lugar de la política, no solo era posible, sino también rentable.
El lunes por la mañana, llamaría a David Blackstone y aceptaría su propuesta.
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