DESPRECIADO POR TODOS EN LAS CALLES DE SEVILLA, ESTE MENDIGO REVELÓ UNA VERDAD QUE CAMBIÓ PARA SIEMPRE LA VIDA DE LA PEQUEÑA QUE LO SALVÓ DE LA MUERTE.

El calor de marzo en Sevilla puede ser traicionero, pero aquella tarde no era simplemente calurosa; era un infierno líquido que subía desde el asfalto y distorsionaba el aire. Yo caminaba rápido, o al menos tan rápido como mis piernas flacas me permitían, sintiendo cómo la planta de mis pies descalzos se curtía un poco más con cada paso sobre la acera ardiente de la Avenida de la Constitución. En mis manos apretaba una bolsa de plástico raída con nuestro tesoro del día: dos tomates que el frutero iba a tirar porque estaban demasiado blandos y una barra de pan de ayer que la señora de la panadería me había dado por pena.

Me llamo Joana. Tengo ocho años, o eso dice mi abuela Concepción, y vivo en una chabola de madera y uralita en un asentamiento ilegal a las afueras de la ciudad, un lugar que la gente “de bien” prefiere fingir que no existe. Pero aquella tarde estaba lejos de casa, en el centro, donde los turistas admiran la Giralda y los ejecutivos caminan con prisa mirando sus relojes caros.

Fue entonces cuando lo vi.

El hombre caminaba delante de mí, arrastrando los pies envueltos en trapos sucios. Su ropa era una colección de jirones grises y negros, tiesos de mugre. Olía a abandono, ese olor agrio y antiguo que hace que la gente arrugue la nariz y cruce a la otra acera. Y de repente, simplemente se apagó. Su cuerpo se desplomó sobre la calzada caliente con un ruido seco, como un saco de patatas cayendo de un camión.

El mundo siguió girando. Eso fue lo que más me impactó, incluso más que el golpe. Un hombre acababa de caer fulminado y Sevilla seguía su ritmo frenético. Una pareja de turistas se apartó para no tropezar con sus piernas; un hombre con un traje azul impecable hizo una mueca de asco visible y aceleró el paso, murmurando algo sobre “borrachos” y “limpieza de calles”.

Nadie paró.

Mis ojos, quizás porque aún eran jóvenes, o quizás porque se parecían demasiado a los de mi madre a la que nunca conocí, no podían mirar hacia otro lado. Solté mi bolsa. Los tomates rodaron un poco y el pan quedó en equilibrio sobre el bordillo, pero no me importó. Corrí.

 

Ver continuación en la página siguiente

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.