DESPRECIADO POR TODOS EN LAS CALLES DE SEVILLA, ESTE MENDIGO REVELÓ UNA VERDAD QUE CAMBIÓ PARA SIEMPRE LA VIDA DE LA PEQUEÑA QUE LO SALVÓ DE LA MUERTE.
Me arrodillé a su lado. De cerca, se veía aún peor. Su barba estaba enmarañada, llena de polvo, y su piel tenía ese tono grisáceo y ceroso que mi abuela tenía cuando le bajaba la tensión. Sus labios estaban morados. Temblaba, pero no de frío, sino de algo que venía de muy adentro.
—¡Ayuda! ¡Por favor, alguien ayude! —grité mirando a las caras que pasaban flotando por encima de nosotros.
Nadie se detuvo. Una mujer tiró de la mano de su hijo pequeño, alejándolo de mí como si la pobreza fuera contagiosa. Sentí una rabia caliente, más fuerte que el sol de la tarde, burbujear en mi pecho. ¿Cómo podían ser tan ciegos? ¿Cómo podían dejar morir a alguien solo porque olía mal?
Sabía que el Hospital Universitario estaba a unas cuatro o cinco calles largas. Había estado allí una vez con la abuela. Cuatro calles. Para un adulto sano, cinco minutos. Para mí, arrastrando a un hombre que pesaba tres veces más que yo, parecía una misión a la luna.
—No se muera, señor. Aguante —le susurré al oído.
Intenté levantarlo. Fue inútil al principio. Era peso muerto. Pero entonces, él abrió un poco los ojos. Eran de un color miel extraño, vidriosos, perdidos. Soltó un gemido doloroso.
—Tengo… que… llevarlo… —jadeé, metiendo mi hombro bajo su axila.
Tiré con todas mis fuerzas. Mis rodillas crujieron. Mis pies resbalaron. Pero logré ponerlo de rodillas. Luego, haciendo palanca con mi propio cuerpo frágil, logré que se pusiera medio de pie, apoyando casi todo su peso sobre mí. Sentí que mis huesos se iban a romper. El olor era insoportable, una mezcla de sudor rancio y enfermedad, pero me mordí el labio y di el primer paso.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
