DESPRECIADO POR TODOS EN LAS CALLES DE SEVILLA, ESTE MENDIGO REVELÓ UNA VERDAD QUE CAMBIÓ PARA SIEMPRE LA VIDA DE LA PEQUEÑA QUE LO SALVÓ DE LA MUERTE.
—Vamos. Un paso más.
Fue el viaje más largo de mi vida. La gente nos miraba, sí. Algunos con curiosidad morbosa, otros sacaban sus móviles, tal vez para grabar la escena “pintoresca” de la miseria, pero nadie ofrecía una mano. Mis hombros ardían como si tuviera brasas bajo la piel. El sudor me empapaba el vestido remendado, pegándolo a mi espalda.
Lloraba. Lloraba de dolor, de rabia, de miedo. ¿Y si se moría encima de mí? ¿Y si llegaba al hospital y me echaban por no tener papeles ni dinero? Pero seguí. Paso tras paso, arrastrando las puntas de sus zapatos rotos por el pavimento.
Cerca de la entrada de urgencias, mis piernas fallaron. Tropecé y casi caemos los dos, pero un celador que estaba fumando un cigarrillo en la puerta nos vio. Tiró el cigarro y corrió hacia nosotros.
—¡Madre mía! ¡Chiquilla! ¿Qué haces?
—Se cayó… en la calle… nadie paraba —logré decir antes de que el aire me faltara por completo.
El celador, un hombre grandote con cara de buena persona, cargó con el hombre como si fuera una pluma y gritó pidiendo una camilla. En segundos, enfermeros y médicos rodearon al mendigo. Lo subieron a la camilla y desaparecieron tras las puertas batientes de cristal.
Me quedé allí, sola, en medio del pasillo blanco y frío, temblando por el cambio brusco de temperatura del aire acondicionado. Me miré los pies; estaban negros de suciedad y tenía un corte en el dedo gordo que sangraba un poco.
—¿Estás bien, pequeña?
Una enfermera joven se agachó a mi altura. Tenía los ojos amables.
—Tengo que ir a por mis tomates —fue lo único que se me ocurrió decir. La abuela Concepción contaba con esos tomates para la cena.
—¿Tus tomates? —sonrió con tristeza—. Cielo, acabas de salvar a ese hombre. Tenía un infarto masivo. Si hubieras tardado cinco minutos más…
No me sentía una heroína. Me sentía pequeña, sucia y preocupada. La enfermera me limpió el corte del pie, me dio un zumo de naranja y unas galletas que devoré en segundos, y me preguntó mi nombre y dirección. Le di las señas de la chabola: el camino de tierra detrás de las naves industriales abandonadas, donde el código postal deja de importar.
Cuando salí del hospital, el sol ya estaba bajando, tiñendo Sevilla de naranja y púrpura. Corrí de vuelta al lugar donde había dejado la bolsa. Milagrosamente, seguía allí, aunque alguien había pisado la barra de pan. La sacudí lo mejor que pude y corrí hacia casa, con el corazón todavía galopando en mi pecho.
La abuela Concepción estaba en la puerta de la chabola, retorciéndose las manos en el delantal. Cuando me vio, su rostro pasó del terror al alivio en un segundo.
—¡Joana! ¡Por el amor de Dios! ¿Dónde te habías metido?
Le conté todo mientras cenábamos la sopa aguada que había hecho con los tomates machacados. Le conté sobre el hombre, el peso, la indiferencia de la gente, el hospital. La abuela escuchaba en silencio, con esa expresión estoica que tienen las mujeres que han sufrido demasiado. Cuando terminé, se acercó y me besó la frente.
—Tienes el corazón de tu madre, mi niña. Luciana era igual. Nunca podía ver sufrir a nadie sin hacer algo. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. A veces pienso que eso fue lo que la mató, sentir demasiado en un mundo que no siente nada.
Esa noche no pude dormir. Me dolía todo el cuerpo, pero cada vez que cerraba los ojos, veía los ojos color miel del mendigo clavados en los míos. Había algo en esa mirada… no era solo dolor. Era reconocimiento. Como si, entre la niebla de la muerte, él hubiera visto un fantasma.
Pasaron tres días. La vida en el asentamiento seguía su curso: buscar agua, remendar ropa, sobrevivir. Yo casi había convencido a mi mente de que todo había sido un mal sueño.
Hasta que apareció el coche.
No era un coche cualquiera. Era un Mercedes negro, brillante, obscenamente limpio para nuestros caminos de polvo y barro. Avanzaba despacio entre las chabolas, esquivando gallinas y niños desnudos, como una nave espacial aterrizando en otro planeta. Se detuvo justo frente a nuestra puerta, que colgaba de una bisagra oxidada.
Los vecinos salieron a mirar. Nadie venía aquí con
El conductor, un hombre de uniforme, bajó y abrió la puerta trasera. Primero salió un bastón de madera pulida. Luego, una pierna con un pantalón de tela fina. Y finalmente, el hombre.
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