DESPRECIADO POR TODOS EN LAS CALLES DE SEVILLA, ESTE MENDIGO REVELÓ UNA VERDAD QUE CAMBIÓ PARA SIEMPRE LA VIDA DE LA PEQUEÑA QUE LO SALVÓ DE LA MUERTE.
Casi no lo reconocí. Estaba afeitado, limpio, y su pelo gris estaba peinado hacia atrás. Vestía un traje que debía costar más que todas las casas de mi barrio juntas. Pero eran los ojos. Esos ojos color miel que me habían mirado desde el suelo.
Detrás de él bajó otro hombre, más joven, con una carpeta en la mano y cara de pocos amigos.
El anciano caminó hacia nuestra puerta, apoyándose pesadamente en el bastón. La abuela Concepción salió, secándose las manos, lista para defender su hogar de lo que fuera que vinieran a reclamar.
Pero cuando sus ojos se encontraron con los del anciano, se quedó congelada. Su rostro perdió todo el color, volviéndose tan blanco como una sábana. Se llevó una mano a la boca para ahogar un grito.
—No… —susurró—. No puede ser. Estás muerto.
El anciano se detuvo a dos metros de ella. Vi cómo le temblaban las manos sobre la empuñadura del bastón.
—Concepción… —su voz era ronca, rota—. Pensé que lo estaba. Durante veintiocho años, he estado muerto en vida.
—¡Vete! —gritó mi abuela de repente, recuperando la voz con una furia que yo desconocía—. ¡Vete de aquí! ¡Ya hiciste suficiente daño! ¡La mataste!
Yo miraba de uno a otro, asustada y confundida. Me abracé a las piernas de mi abuela. El anciano bajó la mirada hacia mí y, por primera vez, vi una lágrima solitaria correr por su mejilla afeitada.
—No vengo a hacer daño, Concepción. Vengo porque esta niña… —me señaló con un dedo tembloroso—. Esta niña me salvó la vida hace tres días. Y cuando me miró, vi a Luciana.
El anciano cayó de rodillas en el polvo, ignorando su traje caro, ignorando al chófer que intentó ayudarlo. Se quedó allí, a la altura de mis ojos.
—Soy Guillermo. Guillermo Alcántara —dijo, mirándome como si yo fuera un milagro—. Y creo… Dios mío, creo que soy tu abuelo.

El silencio que siguió a esa declaración fue tan pesado que parecía que el aire se había solidificado bajo el sol de Sevilla. Los vecinos murmuraban, pero para mí el mundo se había reducido a ese hombre arrodillado en la tierra y a mi abuela, que temblaba como una hoja al viento.
—Entrad —dijo finalmente la abuela Concepción, con voz dura pero resignada—. No vamos a dar un espectáculo para todo el barrio.
La chabola era pequeña, apenas una habitación dividida por cortinas de tela barata. El hombre que se hacía llamar Guillermo se sentó en una de nuestras sillas de plástico remendadas con cinta aislante. El otro hombre, el del maletín, que se presentó como el abogado Sr. Mendoza, permaneció de pie, mirando con evidente incomodidad las paredes de madera y el techo de uralita que dejaba pasar rayos de luz por los agujeros de los clavos.
—Explícate —exigió mi abuela. Me tenía agarrada por los hombros tan fuerte que me hacía daño, como si temiera que el hombre fuera a robarme.
Guillermo suspiró. Parecía haber envejecido diez años desde que entró.
—Concepción, tienes que creerme. Yo nunca supe… nunca supe que estaba embarazada.
—¡Mentira! —escupió mi abuela—. Luciana te llamó. Te escribió. Fue a tu oficina en la Torre Sevilla mil veces. Y tú mandaste a tus guardias a echarla como a un perro. Le dijiste que era una cazafortunas, que ese hijo no era tuyo.
—¡Yo no hice eso! —Guillermo golpeó el suelo con su bastón, y la fuerza de su voz nos hizo saltar—. ¡Fue mi padre! ¡Fue Octavio!
Y ahí, en nuestra pequeña cocina, comenzó a desgranar una historia que parecía sacada de una telenovela, pero que dolía como una herida real.
Nos contó cómo, hace casi treinta años, siendo él el joven heredero del imperio Alcántara, una de las familias más ricas de Andalucía dedicada a la exportación de aceite de oliva y tecnología agrícola, se enamoró perdidamente de Luciana, una chica humilde que trabajaba en una librería del Barrio de Santa Cruz. Se amaron con locura, en secreto, contra los deseos de su padre, un hombre tiránico obsesionado con el linaje y el dinero.
—Cuando mi padre se enteró de nuestra relación, me amenazó con desheredarme. No me importó. Pero entonces… entonces me mostró las fotos.
Eran fotos falsas, montajes hechos por un detective privado corrupto, que mostraban a mi madre con otro hombre. Informes falsificados que decían que ella solo buscaba el dinero.
—Yo era joven, estúpido y orgulloso —admitió Guillermo, con la voz quebrada por el arrepentimiento—. La confronté. Le grité cosas horribles. Ella lloró, juró que era mentira, pero yo estaba ciego de celos. Rompí con ella y me fui a Londres por negocios de la familia. Mi padre se encargó del resto. Interceptó sus cartas, bloqueó sus llamadas… me hizo creer que ella había aceptado un pago para desaparecer.
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