La abuela Concepción lloraba en silencio ahora.
—Ella nunca aceptó ni un céntimo. Murió en el parto, sola, llamándote.
El dolor en la cara de Guillermo era tan crudo que tuve que apartar la mirada.
—Lo sé. Lo supe hace cinco años, cuando mi padre, en su lecho de muerte, me confesó todo para “limpiar su conciencia”. Me dijo la verdad. Que nos separó, que falsificó todo. Me volví loco, Concepción. Busqué a Luciana, pero descubrí que había muerto. Busqué al bebé… pero tú habías desaparecido.
—Me escondí —dijo la abuela—. No quería que los Alcántara se acercaran a mi nieta. No quería que le hicieran lo mismo que a su madre.
—Caí en una depresión profunda —continuó Guillermo, mirando sus manos—. Mi vida perdió sentido. Cedí el control de la empresa a mi otro hijo, Bernardo, fruto de un matrimonio sin amor que mi padre orquestó. Empecé a beber. Y hace unos meses… simplemente no pude más. Dejé todo. Salí de mi mansión, dejé las tarjetas de crédito, el móvil, todo. Quería sentir lo que era no tener nada. Quería castigarme. He estado viviendo en la calle, durmiendo en cajeros, comiendo de la basura… hasta que mi corazón falló hace tres días.
Me miró fijamente.
—Y entonces, un ángel me levantó. Un ángel con la cara de mi Luciana.
El abogado carraspeó.
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