Después de 10 años de matrimonio, mi esposo quiso dividir todo… pero olvidó algo importante. Diez años.

Diez años despertándome antes que él.
Diez años organizando su agenda, sus comidas, sus viajes.
Diez años dejando en pausa mi propia carrera “para que él pudiera crecer”.

Y esa noche, mientras yo servía la cena, lo dijo como si estuviera pidiendo sal.
—A partir del próximo mes vamos a dividir todo a la mitad. No pienso mantener a una mujer interesada.
Me quedé con el cucharón suspendido en el aire.
Pensé que era una broma.
No lo era.
—¿Perdón? —pregunté, sonriendo nerviosamente.
Él dejó el celular sobre la mesa con calma, como si hubiera ensayado esa conversación frente al espejo.

—Ya no estamos en los años cincuenta. Si quieres vivir aquí, aportas. Cincuenta y cincuenta.
Miré alrededor.
La casa que yo decoré.
Las cortinas que cosí.
La mesa que elegimos cuando apenas teníamos para pagarla en cuotas.
—Yo aporto —dije en voz baja.
Él soltó una risa corta.
—No trabajas.
Eso dolió más que el resto.

No trabajas.
Como si criar a nuestros hijos, administrar cada gasto, cuidar a su madre cuando enfermó, acompañarlo a cada evento profesional, no contara.
—Dejé mi empleo porque tú me lo pediste —recordé.
—Te sugerí que sería mejor para la familia —corrigió—. No exageres.
No exageres.

Sentí que algo dentro de mí se acomodaba. No se rompía. Se acomodaba.
Porque de pronto entendí algo que durante años no quise ver.
No era una conversación improvisada.
Era un movimiento calculado.
Esa semana empezó a comportarse diferente.

Llegaba más tarde.

 

 

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