Después de 10 años de matrimonio, mi esposo quiso dividir todo… pero olvidó algo importante. Diez años.

Sonreía al mirar el celular.
Cuidaba más su ropa.
Yo no dije nada.
Observé.
Una noche dejó su computadora abierta en el escritorio. No estaba buscando nada… pero la pantalla encendida me llamó la atención.

Había una hoja de cálculo abierta.
Mi nombre en la primera columna.
“Gastos que asume ella.”
Desplacé hacia abajo.
Alquiler estimado.
Servicios.
Comida.

Seguro médico.
El total era imposible para alguien que llevaba una década fuera del mercado laboral.
Y debajo, una nota.
“Si no puede pagar, se va.”
Se va.
Me quedé mirando la pantalla largo rato.
Entonces vi algo más.
Una segunda pestaña.
“Nuevo presupuesto.”

Abrí.
Había otro nombre en la parte superior.
No era el mío.
Era el de una mujer que no conocía.
Y junto a ese nombre… el mismo apartamento donde vivíamos nosotros.
Mismo edificio.
Otro departamento.
Otro plan.
Sentí que el aire me faltaba.

No era una discusión sobre dinero.
Era una salida programada.
Para mí.
Esa noche, cuando se sentó frente a mí en la cama, habló con una calma que me heló la piel.
—Necesito una pareja, no una carga.
Lo miré fijamente.
—¿Desde cuándo soy una carga?
No respondió directamente.
—Solo digo que quiero una mujer que esté a mi nivel.
A mi nivel.
Diez años atrás, cuando él apenas empezaba y yo ganaba más que él, ese “nivel” no era un problema.
Pero no discutí.
Asentí.

 

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