Después de 10 años de matrimonio, mi esposo quiso dividir todo… pero olvidó algo importante. Diez años.

—Está bien —dije.
Él pareció sorprendido.
—¿Está bien?
—Dividamos todo.
Por primera vez en la noche, dudó.

—¿Seguro?
Sonreí.
—Claro. Pero entonces dividimos todo.
La casa.
Las inversiones.
Las cuentas que abrimos juntos.
La empresa que registraste mientras yo firmaba como aval sin cobrar un centavo.
Su expresión cambió.
Ligeramente.
Casi imperceptible.
Pero lo vi.
Miedo.
Porque lo que él parecía olvidar… es que durante diez años yo manejé cada papel que entraba y salía de esta casa.

Yo sabía exactamente dónde estaba cada contrato.
Cada transferencia.
Cada firma.
Y había algo que él no sabía.

Algo que firmó hace años, cuando todavía decía que yo era “su mejor decisión”.
Algo que, si decidíamos dividir todo en partes iguales…
No lo dejaría precisamente en ventaja.
Esa noche se durmió tranquilo.
Yo no.

Me levanté en silencio, abrí la caja fuerte del estudio y saqué una carpeta azul que no tocaba desde hacía mucho tiempo.

La abrí.
Releí la cláusula.
Y por primera vez en diez años…
Sonreí.
Porque si él quería dividir las cuentas…
Tal vez estaba a punto de dividir mucho más de lo que imaginaba.

A la mañana siguiente preparé el desayuno como siempre.

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