Después de 10 años de matrimonio, mi esposo quiso dividir todo… pero olvidó algo importante. Diez años.

—Tiene que ver con todo.

Leyó en silencio. Su expresión cambió lentamente.

—Esto es solo un respaldo administrativo.

Negué con suavidad.

—No. Es una cláusula de participación diferida. Si la sociedad conyugal se disuelve o se modifica el régimen económico, el socio avalista adquiere el 50% automático de las acciones.

Levantó la mirada bruscamente.

—Eso no fue lo que me explicaron.

—Lo firmaste sin leer. Dijiste que confiabas en mí.

Silencio.

Podía escuchar su respiración acelerarse.

—Eso no aplica —intentó—. Nunca trabajaste en la empresa.

Sonreí por primera vez con verdadera calma.

—Administré la contabilidad doméstica que permitió reinvertir el capital inicial. Firmé como aval cuando el banco rechazó tu crédito. Cubrí tus primeros impuestos con mis ahorros.

Saqué otro documento.

—Y aquí están las transferencias.

Su seguridad comenzó a desmoronarse.

—Estás exagerando.

—No exagero. Dividimos todo, ¿recuerdas?

Saqué una hoja más.

La pestaña que había visto en su computadora.

La imprimió.

La dejé frente a él.

El nombre de la otra mujer resaltaba en la parte superior.

—También dividimos la intención de reemplazarme, supongo.

Se quedó helado.

—¿Revisaste mi computadora?

—No tuve que buscar mucho.

Intentó recomponerse.

—Eso no significa nada.

—Significa planificación.

Me incliné hacia adelante.

—Tú querías dividir gastos para forzar mi salida. Reducir mi posición antes de iniciar el divorcio. Sacarme sin conflicto.

Su mandíbula se tensó.

No negó.

Porque era cierto.

—Pero cometiste un error —continué.

 

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