Después de 20 años en prisión, por fin encontré a mi hija… pero cuando me llamó “criminal”, sentí que todo había terminado para mí. Entonces, un hombre al borde de la muerte dijo algo que lo cambió todo…

La lluvia caía sin descanso, de esas que no dejan oír nada más que tu propio corazón. La lluvia de la Ciudad de México tiene algo especial: cala hasta los huesos, fría, filosa, implacable.
Y esa noche, se sentía personal.

Yo estaba de pie frente a una torre de cristal que parecía rasgar las nubes, apretando un abrigo delgado que apenas se sostenía. El portero me miró con desconfianza. Mujeres como yo no pertenecían a un lugar así. No con zapatos entregados por la prisión ni con un pasado que me seguía como una sombra.

Pero mi corazón —tonto, frágil— me susurraba que tal vez… solo tal vez, ella podría perdonarme.

Presioné el intercomunicador.

—¿Bueno?

Esa voz. La habría reconocido en cualquier parte. Más madura, segura, firme. Pero seguía siendo la suya.

—Livvy —susurré—. Soy yo… mamá.

Una pausa. Un silencio tan espeso que casi ahogaba.

Cuando volvió a hablar, su voz era fría.

—¿Qué quieres?

—Yo… salí hoy —dije—. Solo quería verte. No sabía a dónde más ir.

 

 

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