Después de 40 Años de Matrimonio, Carmen Abrió la Bodega Prohibida de su Esposo y Descubrió una Verdad que le Partió el Alma

Cuarenta años. Dichos así, parecen nada. Pero cuarenta años son una vida entera. Son cuatro décadas despertando con el mismo olor a café de olla, compartiendo el mismo silencio al amanecer, cubriéndose con las mismas cobijas de lana cuando el frío de la sierra se mete hasta los huesos. Son cuarenta años respirando el mismo aire… y aun así, Carmen nunca, ni una sola vez, había cruzado el umbral de aquella bodega de madera vieja que se levantaba al fondo del patio, justo donde los agaves marcaban el final del terreno.

—No hay nada ahí, mi amor —le decía siempre Andrés—. Puras cosas viejas… tiliches, madera podrida, herramientas que ya no sirven.

Cada vez que lo decía, desviaba la mirada, como si buscara algo lejos, en el horizonte. Carmen, mujer de rancho, criada a la antigua, nunca insistió. “Cada hombre tiene sus manías”, pensaba. Andrés cerraba el candado con cuidado, se guardaba las llaves en el bolsillo del pantalón y regresaba a la casa con una sonrisa que no terminaba de llegarle a los ojos.

Pero Andrés ya no estaba.

Era una mañana gris de noviembre en San Juan de los Lagos, Jalisco. El viento frío levantaba polvo del camino de terracería y hacía crujir los árboles. Andrés García, setenta y dos años, había dado su último suspiro en la cama de latón donde habían dormido juntos desde 1984. El cáncer de pulmón, silencioso y traicionero, se lo llevó en apenas seis meses, dejando la casa hundida en un silencio que dolía.

Carmen, de sesenta y ocho años, permanecía sentada en una silla de mimbre junto al cuerpo ya frío de su esposo. Le apretaba la mano grande, áspera como la corteza de un mezquite, marcada por décadas de barniz, clavos y trabajo duro. Las argollas de matrimonio, gastadas por el tiempo, brillaban apenas bajo la luz tenue que se filtraba por las cortinas cerradas.

Su matrimonio había sido sólido, como los muros de adobe de su casa. Cuarenta años de pequeñas alegrías: la camioneta comprada con sacrificio, las fiestas patronales, las cosechas de maíz. Y también sacrificios. Andrés había trabajado toda su vida como carpintero en el taller del pueblo, saliendo cada mañana antes de que cantara el gallo y regresando al atardecer con el olor a aserrín pegado a la ropa. Siempre volvía cansado, pero nunca le faltó el beso en la frente para su “negra”.

La casa la levantaron juntos, ladrillo por ladrillo. Andrés ponía el sudor; Carmen le subía quesadillas calientes al andamio los sábados. Él arreglaba todo: la bomba del agua, el techo cuando granizaba, los cables eléctricos. Era un hombre bueno. O al menos, eso era lo que Carmen se repetía mientras le acariciaba el cabello canoso por última vez.

Nunca tuvieron hijos. Ese fue el gran dolor de sus vidas. Una sombra que se paseaba por la casa en los días de las madres y en las navidades. Carmen recordaba los años de intentos, los viajes a Guadalajara, las veladoras prendidas a la Virgen, las esperanzas que nacían y morían en silencio. Con el tiempo, dejaron de hablar del tema. Aceptaron que serían solo ellos dos contra el mundo.

Los días después de la muerte de Andrés pasaron como una película borrosa. El velorio en la sala, el olor a café y tamales que traían las vecinas, los rezos interminables. Carmen se movía como un fantasma, recibiendo abrazos que no sentía.

—Era un buen hombre, doña Carmen —le decían los carpinteros, quitándose el sombrero.
—Un santo —murmuraban las comadres.

 

 

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