Después de 40 Años de Matrimonio, Carmen Abrió la Bodega Prohibida de su Esposo y Descubrió una Verdad que le Partió el Alma

Tardaron en abrir. Cuando la puerta se abrió, Carmen sintió que el aire se le iba del cuerpo. Frente a ella estaba una mujer joven, de rostro sereno y ojos grandes. Los mismos ojos de las fotografías.

—¿Sí? —preguntó la mujer.

Carmen tragó saliva.

—Busco a… Lucía.

La mujer la miró con curiosidad.

—Soy yo.

El mundo se detuvo. Carmen quiso decir mil cosas, pero solo salió una.

—Me llamo Carmen.

Lucía frunció ligeramente el ceño.

—Pase —dijo después de un segundo, como si algo en esa voz le hubiera tocado una fibra invisible.

Dentro de la casa había sencillez y orden. Fotos en la pared. Una mesa pequeña. Una planta en la ventana. Carmen se sentó con cuidado, como si el suelo no fuera firme.

—No sé por dónde empezar —dijo al fin, sacando la carta—. Tu padre… mi esposo… Andrés.

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Mi padre? —repitió—. Yo no tengo padre.

Carmen cerró los ojos un instante y luego le tendió la carta. Lucía la tomó con manos inseguras. Leyó despacio. A medida que avanzaba, su respiración se volvía más corta. Cuando terminó, las lágrimas le corrían por las mejillas sin hacer ruido.

—Toda mi vida pensé que no le importaba a nadie —susurró—. Que mi madre y yo estábamos solas.

Carmen sintió una punzada en el pecho.

—Yo tampoco supe de ti —dijo—. Creí que Dios nos había negado ese milagro.

Se miraron en silencio. Dos mujeres unidas por el mismo hombre, por la misma mentira… y por el mismo dolor. Lucía fue la primera en levantarse. Abrazó a Carmen con fuerza, como si se aferrara a algo que por fin tenía sentido.

—No sé qué va a pasar ahora —dijo Lucía entre sollozos—. Pero no quiero estar sola otra vez.

Carmen la abrazó de vuelta. Por primera vez desde que Andrés murió, sintió algo distinto al vacío.

—No estás sola —respondió—. Si tú quieres… podemos aprender juntas.

Los días siguientes fueron lentos y extraños. Carmen se quedó en el pueblo. Hablaron de todo y de nada. De la madre de Lucía, de Andrés visto desde lejos, de las ausencias. No hubo reproches. El rencor no traía descanso.

Antes de volver a casa, Carmen le entregó las llaves de la bodega.

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