Después de dar a luz, mi esposo se convirtió en un extraño cada noche. Cuando lo seguí, finalmente entendí por qué.

Cuando finalmente desperté horas después, la habitación se sentía extrañamente silenciosa. Ryan estaba allí a mi lado, con aspecto completamente agotado. Tenía los ojos hinchados, el cabello despeinado y, de alguna manera, parecía mayor, como si la noche lo hubiera envejecido.

"Está aquí", susurró. "Es perfecta".

Un momento que debería haber sido pura alegría
Una enfermera colocó suavemente a nuestra hija en mis brazos. Lily. Tres kilos de calidez y promesa.

Le pregunté a Ryan si quería abrazarla. Asintió y la tomó con cuidado, acunándola como si fuera de cristal. Pero al mirarla a la cara, algo cambió. La luz desapareció de su expresión, reemplazada por algo distante y cauteloso.

Después de solo un momento, me la devolvió.

"Es hermosa", dijo, pero su voz sonaba tensa, casi ensayada.

Lo ignoré. Ambos habíamos pasado por algo traumático. Me dije a mí misma que estaba exhausta, agobiada, adaptándose.

Al principio, estaba dispuesta a justificarlo todo.

La distancia que seguía creciendo
Una vez en casa, su comportamiento no mejoró. Ryan hacía todo lo que se suponía que debía hacer un padre primerizo. Ayudaba con la alimentación, el cambio de pañales, la calmaba por la noche. Pero algo faltaba.

Evitaba mirar directamente a Lily a la cara.

Cuando la sostenía, su mirada se desviaba a otro lado. Cuando le sugerí tomarnos fotos juntos, siempre encontraba una excusa para alejarse. Parecía estar presente en la acción, pero ausente en la emoción.

Luego llegaron las noches.

Me despertaba de madrugada y lo buscaba, solo para encontrar la cama vacía. Poco después, oía el suave clic de la puerta.

Al principio, me dije a mí misma que necesitaba aire. O tiempo a solas. El estrés de los nuevos padres afecta a cada persona de forma diferente, razoné.

Pero para la quinta noche consecutiva, mi inquietud se convirtió en miedo.

Decidiendo dejar de adivinar
Una mañana, durante el desayuno, le pregunté adónde había ido.

"No podía dormir", dijo, mirando fijamente su café. "Salí a dar una vuelta".

Algo en su tono me dijo que no era toda la verdad.

 

 

 

 

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