Después de la muerte de su padre, su madrastra la abandonó para que muriera en el pantano; un año después, regresó y expuso todo.

La primera semana en el pantano fue una lucha contra el miedo. Emily casi se ahoga dos veces intentando encontrar tierra firme. Las noches eran interminables; cada crujido sonaba como la muerte. El hambre le roía el estómago. Pero tenía algo que Marlene había subestimado: una férrea voluntad de sobrevivir.

Construyó un refugio con ramas caídas y musgo. Comió todo lo que encontró: bayas, ranas, insectos. Finalmente, se topó con la choza de un pescador en lo profundo del pantano, abandonada pero intacta. Allí encontró comida enlatada, un botiquín de primeros auxilios y, lo más importante, mapas.
Con el tiempo, Emily se adaptó. No podía hablar, pero sí pensar. Y lo recordaba todo. La traición de Marlene se repetía en su mente como una cruel canción de cuna. Pero en lugar de alimentar la desesperación, encendió la determinación.

 

 

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