Esas fueron las palabras que le lancé aquella noche.
Ha pasado una década, pero aún viven en mi cabeza, más afiladas que cualquier espada.
Tenía catorce años —pequeña, empapada por la lluvia, agarrando una mochila desgastada—, de pie en la entrada de mi casa en Salem, Oregón. No discutió. No suplicó. Solo me miró con los ojos abiertos y aterrorizada, luego se dio la vuelta y desapareció en la tormenta.
Me llamo Adrián Morales. Tenía cuarenta y un años entonces. Dirigía un negocio regional de materiales de construcción y creía que mi vida era sólida: ingresos estables, un hogar cálido y una esposa a la que adoraba.
Entonces Elena, mi esposa, murió en un accidente a altas horas de la noche, una tarde de octubre.
Esa pérdida me destrozó.
Lo que siguió me destrozó por completo.
Semanas después, mientras ordenaba sus cosas, encontré un fajo de cartas viejas escondidas en un cajón. Estaban dirigidas a un hombre llamado Thomas. Cartas de amor. Confesiones.
Una línea me dejó sin aliento:
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