Después de que mi esposo me corrió de la casa, usé la vieja tarjeta de mi padre. El banco entró en pánico… y yo quedé en shock cuando supe la verdad.

Mi nombre es Elena Cortés, y la noche en que mi matrimonio finalmente se rompió no se sintió como una explosión, sino como una puerta cerrándose en silencio, con un clic seco, justo detrás de mí.

Ahí estaba yo, parada en el porche de la casa donde había vivido nueve años, abrazando una pequeña maleta y mi bolso, con las manos temblorosas, mientras el aire frío de Querétaro me atravesaba los huesos. No llevaba casi nada conmigo… excepto una tarjeta de metal vieja, pesada, que nunca había usado.

La tarjeta de mi padre.

Mi papá, Julián Cortés, me la había puesto en la mano apenas una semana antes de morir, cuando ya estaba demasiado débil para levantarse de la cama. Recuerdo perfectamente cómo apretó mis dedos y me dijo, con voz ronca pero firme:

—Guárdala bien, hija. Si algún día la vida se pone más oscura de lo que puedas aguantar… úsala.
Hizo una pausa y me miró con una seriedad que me dio escalofríos.
—Y no se lo digas a nadie. Ni siquiera a tu esposo.

En ese momento pensé que hablaba como un padre mayor, sentimental, exagerando. Mi papá había sido ingeniero civil toda su vida, un hombre trabajador, discreto, viudo desde hacía años. Siempre pensé que tenía más principios que ambiciones.

Me equivoqué.

Todo cambió la noche en que Mauricio, mi esposo, me echó de la casa.

La discusión llevaba meses creciendo como una herida mal cerrada, pero esa noche estalló cuando él llegó tarde otra vez, oliendo a un perfume que no era el mío.

—No empieces —dijo, dejando las llaves sobre la encimera.

—No estoy empezando —respondí en voz baja—. Estoy cansada, Mauricio.

Él soltó una risa seca, cruel.

—¿Cansada de qué? ¿De la vida que te doy?

 

 

 

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