Después de que mi esposo me corrió de la casa, usé la vieja tarjeta de mi padre. El banco entró en pánico… y yo quedé en shock cuando supe la verdad.
Esa risa, la misma que antes me hacía sentir protegida, ahora se sentía como un cuchillo clavándose lentamente en el pecho.
—Ni siquiera trabajas, Elena —continuó—. Yo me parto el lomo mientras tú…
—¿Mientras yo qué? —susurré—. ¿Mientras finjo que no sé nada de la mujer de tu oficina? ¿La que te llama a medianoche?
Se quedó helado.
Y entonces algo en él se rompió.
—¿Sabes qué? Si eres tan infeliz aquí, vete.
Pensé que había escuchado mal.
—¿Qué dijiste?
—¡Que te vayas! —gritó, señalando la puerta—. Agarra tus cosas y lárgate.
Sentí que el piso se hundía bajo mis pies.
—¿Me estás corriendo? ¿Por ella?
—No —respondió con frialdad—. Te estoy corriendo porque te volviste una carga. Ya terminé.
Ahí lo entendí todo.
No era una amenaza.
Era una decisión.
Sacó una maleta del clóset y la aventó al suelo. Empaqué lo que pude con manos temblorosas. Ropa, documentos, nada más. Salí a la noche sin mirar atrás.
Me senté en el asiento del conductor del viejo Nissan que había sido de mi padre y rompí a llorar. Revisé mi cuenta bancaria: apenas lo suficiente para sobrevivir unos días. Sin trabajo desde hacía casi tres años. Sin casa.
Entonces mis dedos tocaron la tarjeta en el bolso.
Era negra, de metal, sin logotipos, sin números visibles. Solo tenía grabado un pequeño emblema: un águila rodeando un escudo.
No sabía de dónde venía.
No sabía qué significaba.
Pero no tenía otra opción.
A la mañana siguiente, agotada y con los ojos hinchados de tanto llorar, manejé hasta un pequeño hotel cerca del centro histórico de San Miguel de Allende. Olía a café recién hecho y a madera vieja. No parecía lujoso. Perfecto.
—¿Cuántas noches? —preguntó el recepcionista.
—Solo una —respondí.
Me pasó la terminal de pago. Dudé. Tragué saliva. Saqué la tarjeta de metal y la inserté.
Durante dos segundos no pasó nada.
Luego, el rostro del recepcionista cambió por completo.
—Ehm… señora… un momentito, por favor.
Lo vi levantar un teléfono debajo del mostrador. Un frío me recorrió la espalda. Pensé que la tarjeta no funcionaba. Pensé que había cometido un error.
—¿Hay algún problema? —pregunté, con la voz quebrada.
—No estoy seguro —dijo—. El sistema marcó algo fuera de lo común.
Se metió a la oficina de atrás. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía.
Cuando regresó, estaba pálido.
—Alguien viene a hablar con usted.
—¿Alguien quién?
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