La tarjeta de mi padre. La que me había puesto en la mano una semana antes de morir, con una críptica advertencia: «Guarda esto, Em. Si la vida se vuelve más oscura de lo que puedes soportar, úsalo. Y no se lo digas a nadie, ni siquiera a tu marido».
En aquel momento, pensé que parecía un viejo sentimental. Mi padre, Charles Carter, había sido un ingeniero condecorado, un viudo discreto tras el fallecimiento de mi madre, y alguien que había ahorrado más sabiduría que dinero. O eso creía. Pero todo cambió la noche en que mi marido, Ryan Holt, me echó de casa.
1. La última noche en nuestra casa
La discusión llevaba meses cocinándose, pero esa noche se desbordó cuando Ryan volvió a casa tarde, oliendo a un perfume que no era el mío. «No empieces», murmuró, tirando las llaves sobre la encimera de mármol. «No voy a empezar nada», respondí en voz baja. «Solo estoy cansado, Ryan». «¿Cansado de qué? ¿De la vida que te di?» Se rió, esa clase de risa que antes me hacía sentir segura. Ahora era como un cuchillo clavado en las costillas. "Emily, ni siquiera tienes trabajo. Me estoy matando trabajando mientras tú..." "¿Mientras qué?", susurré. "¿Mientras te ruego que hables conmigo? ¿Mientras finjo no saber nada de la mujer de tu oficina? ¿La que llama a medianoche?".
Se quedó paralizado. Entonces algo en su interior se quebró. "¿Sabes qué? Si tan infeliz eres aquí, vete". Al principio, pensé haber oído mal. "¿Qué?". "Vete". Señaló la puerta. "Toma tus cosas y vete". "¿Me estás echando? ¿Por ella?". "No", dijo con frialdad. "Te echo porque te has convertido en una carga. Estoy harta".
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