Ese primer viernes, le envié el dinero de mis ahorros. Revisó su teléfono, sonrió y me dio una palmadita en el brazo.
"Gracias", dijo. "¿Qué necesitas?"
Lo que recibí por ese dinero fue lo mínimo indispensable.
Se duchaba a toda prisa, suspirando, y decía: "¿Puedes darte prisa? Tengo cosas que hacer".
Me dejaba la comida delante sin preguntarme si necesitaba ayuda.
Me dejaba sola durante horas. Cuando usaba el botón de llamada, lo ignoraba y luego decía: "Estaba ocupado" o "Tienes que dejar de actuar como si fuera tu sirvienta".
Empecé a sentirme culpable por necesitar agua.
Estaba constantemente con el teléfono. Siempre enviando mensajes. Siempre apagando la pantalla.
"¿Con quién hablas?", le pregunté una vez.
"Con los del trabajo", respondió. "Tengo derecho a tener mi propia vida".
Empezó a irse más a menudo. Oía el portazo mientras me quedaba sentada, pegada a la silla.
Una noche, me desperté con sed. No estaba en la cama. Oí su voz en la sala. Apreté el botón de llamada. Nada. Llamé a su teléfono; sonó cerca.
Lo dejó sonar.
A la mañana siguiente, su teléfono vibró mientras se duchaba. No busqué. La pantalla se iluminó sola.
Jenna: "La otra noche fue increíble. ¡Qué ganas de volver a verte! 😘"
Jenna era mi amiga.
Abrí los mensajes. Ahí estaba todo.
Él: "Cuidar a una persona discapacitada es agotador. Más te vale que valga la pena después".
Ella: "Pobre de ti 😏 Al menos ella paga nuestras citas".
Él: "Cierto. Por fin pagó por algo divertido 😂".
Fotos. Restaurantes. Su coche. Ella besándolo en la mejilla.
Le pagaba para que me cuidara mientras él usaba ese dinero para engañarme con mi amiga.
Dejé el teléfono.
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