Siempre, su marido le decía lo mismo:
"Es gastritis. No te lo inventes".
Él trabajaba como médico, y Anna le creyó. Tomaba las pastillas que le traía, intentando no quejarse ni armar un escándalo.
Pero con el tiempo, el dolor cambió. No solo era una sensación molesta o quemante, sino que se volvió extraña. A veces sentía como si algo se moviera dentro, moviéndose, presionando desde dentro.
"Creo que algo se mueve ahí dentro", dijo una vez.
Su marido rió entre dientes con irritación:
"Estás exagerando. El dolor te hace sentir cualquier cosa".
Esa noche, Anna se despertó sobre las tres y media. El dolor llegó de repente, sin previo aviso. Sentía como si alguien le hubiera clavado un cuchillo bajo las costillas y lo estuviera retorciendo lentamente. Se dobló, aferrándose a las sábanas, incapaz de respirar bien.
Su marido se despertó, encendió la lámpara y sacó unas pastillas.
"Gastritis otra vez. Tómate esto y duérmete".
Anna intentó decir que no era el estómago, que el dolor era diferente. Pero se le quebró la voz y solo salió un silbido.
"Por favor...", susurró. "Se está moviendo ahí dentro. Llama a una ambulancia".
Su marido la miró con irritación.
"Para. Y no llames a nadie".
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