Durante casi cinco años, la mujer se despertaba con fuertes dolores abdominales, pero su marido le prohibía acudir al médico: “No te inventes cosas, tómate unas pastillas”.

Siempre, su marido le decía lo mismo:

"Es gastritis. No te lo inventes".
Él trabajaba como médico, y Anna le creyó. Tomaba las pastillas que le traía, intentando no quejarse ni armar un escándalo.

Pero con el tiempo, el dolor cambió. No solo era una sensación molesta o quemante, sino que se volvió extraña. A veces sentía como si algo se moviera dentro, moviéndose, presionando desde dentro.

"Creo que algo se mueve ahí dentro", dijo una vez.

Su marido rió entre dientes con irritación:

"Estás exagerando. El dolor te hace sentir cualquier cosa".

Esa noche, Anna se despertó sobre las tres y media. El dolor llegó de repente, sin previo aviso. Sentía como si alguien le hubiera clavado un cuchillo bajo las costillas y lo estuviera retorciendo lentamente. Se dobló, aferrándose a las sábanas, incapaz de respirar bien.

Su marido se despertó, encendió la lámpara y sacó unas pastillas.

"Gastritis otra vez. Tómate esto y duérmete".

Anna intentó decir que no era el estómago, que el dolor era diferente. Pero se le quebró la voz y solo salió un silbido.

"Por favor...", susurró. "Se está moviendo ahí dentro. Llama a una ambulancia".
Su marido la miró con irritación.

"Para. Y no llames a nadie".

 

 

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