Durante casi cinco años, la mujer se despertaba con fuertes dolores abdominales, pero su marido le prohibía acudir al médico: “No te inventes cosas, tómate unas pastillas”.
Por la mañana, su marido se fue a trabajar, dejando a Anna sola. A la hora de comer, su vientre se había hinchado tanto que parecía estar en sus últimos meses de embarazo. Apenas llegó al espejo, se levantó el camisón y se quedó paralizada.
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Se veía un movimiento lento bajo la piel.
Llamaron a la puerta. Una vecina trajo comida, pero al oír el gemido de Anna, ella misma llamó a una ambulancia.
El médico le examinó el vientre, guardó silencio y volvió a palparla. Su rostro se tornó pálido.
"¿Cómo viviste este día?", preguntó en voz baja.
Anna fue llevada al hospital e inmediatamente al quirófano.
Cuando el cirujano le abrió el abdomen, se quedó paralizado por un segundo ante lo que vio. 😲😢
Cuando el cirujano le abrió el abdomen, se detuvo. Había un enorme absceso en su interior: una formación purulenta avanzada que llevaba años creciendo. Presionaba los órganos y creaba una sensación de movimiento.
"Esto no pudo haberse desarrollado en un mes, ni siquiera en un año", dijo el cirujano más tarde. "Tardó al menos varios años. Es imposible no darse cuenta".
Anna sobrevivió milagrosamente. Los médicos le dijeron sin rodeos: un poco más y se habría producido una ruptura.
Unos días después, otro médico fue a verla y le preguntó en voz baja:
"¿Su esposo sabía del diagnóstico desde hacía mucho tiempo?"
Resultó que sí. Le hicieron pruebas, radiografías, etc. Vio lo que sucedía en su interior. Pero lo trató como "gastritis". No la mandó a hacer pruebas, no insistió en la cirugía.
Más tarde, algo más salió a la luz. Había estado viendo a otra mujer durante mucho tiempo. Y la grave enfermedad de su esposa era una excusa conveniente. Todo parecía normal: ella "se estaba desvaneciendo sola" y él "no podía hacer nada".
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