Cuando la gente escucha la frase "cinco años", suena insignificante, como un breve lapso de tiempo, unas pocas páginas que se hojean fácilmente en el libro de la vida.
Pero cuando esos años no están marcados por estaciones ni festividades, cuando se cuentan en pasillos de hospital fluorescentes, pastilleros ordenados por día y hora, y el penetrante y persistente olor a desinfectante que se te pega a la piel sin importar cuántas veces te duches, el tiempo se comporta de manera diferente.
Se espesa. Se instala pesadamente en tus pulmones. Se convierte en una carga que arrastras hacia adelante en lugar de un espacio que habitas.
Me llamo Marianne Cortez. Tengo treinta y dos años, y la mujer que me mira en el espejo me parece una completa desconocida.
Su postura está curvada hacia adentro, como si se estuviera preparando constantemente para la próxima crisis, la próxima exigencia, la próxima emergencia.
Ojeras enmarcan unos ojos que el descanso nunca parece alcanzar, por muchas horas que duerma.
Y mis manos lo revelan todo.
Enrojecidas por el constante lavado con jabón de hospital. Callosas por levantar un cuerpo que nunca estuvo destinado a ser llevado solo. Moldeadas por las manijas de las sillas de ruedas y las barandillas de las camas de hospital, la piel áspera y permanentemente seca.
Estas no son las manos de una mujer de treinta y dos años. Son las manos de alguien que ha envejecido décadas en tan solo cinco años.
Una vez, mi vida fue sencilla. Esperanzada, incluso, de esa manera ingenua en que los jóvenes creen que sus sueños están garantizados.
Conocí a mi esposo, Lucas Cortez, en una recaudación de fondos de una organización benéfica local en Boulder, Colorado, en una cálida tarde de verano llena de luces y risas.
Tenía una naturalidad que hacía que las personas se sintieran vistas, destacadas, como si fueran las únicas personas en la sala cuando les hablaba.
Cuando hablaba, la atención llegaba de forma natural. Cuando sonreía, se sentía personal, íntimo, como un secreto compartido solo entre ellos.
Nos casamos rápido, quizás demasiado rápido, impulsados por planes que parecían sólidos y mutuos en ese momento.
Hijos. Viajes a lugares que solo habíamos visto en revistas. Una casa más grande en un lugar más tranquilo, lejos del ruido de la ciudad.
Un futuro que parecía merecido, ganado, esperando a que lo usáramos.
Ese futuro terminó una noche lluviosa de octubre en una curva de la autopista a las afueras de Golden, una curva de la que todos los habitantes de la zona advertían y que todos creían poder sortear.
Lucas conducía a casa después de una conferencia regional de ventas, cansado pero confiado, cuando un conductor ebrio cruzó la mediana sin previo aviso.
El choque destruyó el coche por completo, convirtiéndolo en metal retorcido y cristales rotos.
Le salvó la vida a Lucas, pero le quitó el uso de las piernas para siempre.
En el Pabellón Médico Front Range, el neurólogo nos explicó los daños con calma, con un enfoque clínico, como si estuviera hablando de patrones climáticos en lugar de la destrucción de nuestro futuro.
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