Durante mi turno nocturno, trajeron inconscientes a mi esposo, a mi hermana y a mi hijo de tres años. Cuando intenté correr hacia ellos, un colega médico me detuvo en silencio.Durante mi turno nocturno, trajeron inconscientes a mi esposo, a mi hermana y a mi hijo de tres años. Cuando intenté correr hacia ellos, un colega médico me detuvo en silencio.Durante mi turno nocturno, trajeron inconscientes a mi esposo, a mi hermana y a mi hijo de tres años. Cuando intenté correr hacia ellos, un colega médico me detuvo en silencio.

Su voz era baja, tensa, distinta a todo lo que le había escuchado antes. Sentí un nudo cerrarse en mi garganta.

—¿Por qué? —susurré, temblando—. Es mi familia. ¿Qué me estás ocultando?

Él bajó la mirada, con la mandíbula rígida.

—Te explicaré todo cuando llegue la policía.

¿La policía?
¿Para un accidente?

Mi mente no podía procesarlo. Apenas unas horas antes había salido de casa rumbo al hospital. Mateo se había aferrado a mi uniforme, preguntando si regresaría temprano. Daniel había sonreído, diciéndole que papá se encargaría de todo. Mariana incluso apareció de forma inesperada, ofreciendo llevarse a Mateo esa noche. Me pareció raro… pero iba tarde y no le di importancia.

Ahora estaban ahí. Destrozados. Y una detective venía en camino.
Algo estaba mal. Terriblemente mal.

Me desplomé en una banca frente al área de choque mientras mis compañeros luchaban por salvar a mi familia. Yo, que había salvado cientos de vidas en ese mismo hospital, ahora era incapaz de hacer nada más que escuchar los sonidos desesperados detrás de las puertas.

Mi compañera Lucía rodeó mis hombros con su brazo, pero su consuelo apenas me alcanzaba. Las preguntas me atacaban sin piedad:

¿Por qué estaban juntos?
¿Por qué la policía?
¿Por qué Daniel había mentido sobre llevar a Mateo con Mariana?

Los minutos se volvieron eternos hasta que escuché las sirenas afuera del hospital. Dos policías y una detective entraron con paso firme. El doctor Cruz se acercó primero y murmuró algo que no alcancé a escuchar. Luego, la detective se volvió hacia mí.

—¿Señora Ramírez? Soy la detective Fernanda Salgado. Necesitamos hablar en privado.

Mi corazón latía con violencia.

—¿Qué les pasó? Por favor… dígame que mi hijo va a estar bien.

—Estamos haciendo todo lo posible —respondió con suavidad—. Pero antes necesito confirmar algunos datos. Esto… puede que no haya sido un accidente.

Sus palabras me atravesaron como hielo.

La seguí hacia el consultorio, cada paso más pesado que el anterior.

Justo antes de entrar, una enfermera salió corriendo del área de choque gritando desesperadamente por el equipo quirúrgico.

Algo había salido mal.

Y la pesadilla apenas estaba comenzando…

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