El ático cerrado que guardó un secreto de 52 años: El viaje de un hombre hacia una verdad inimaginable
La visitaba todos los días, pero las noches se hacían largas y vacías. Fue entonces cuando empezó a oír algo que lo pondría todo en movimiento.
Sonidos extraños en la noche
Comenzó como arañazos que venían de arriba. Al principio, Gerald supuso que eran ardillas en el tejado otra vez, un problema común en su vieja casa victoriana. Pero esto era diferente. Los sonidos eran demasiado constantes, demasiado deliberados, como si arrastraran algo pesado por el suelo.
Su entrenamiento en la Marina entró en acción. Empezó a prestar mucha atención, a notar patrones. El ruido llegaba todas las noches a la misma hora, siempre del mismo lugar: justo encima de la cocina.
Justo debajo del ático cerrado.
El corazón le latía con fuerza cada vez que lo oía. Algo no andaba bien, y su instinto le decía que investigara.
Rompiendo la cerradura
Una noche, Gerald cogió su vieja linterna de la Marina y fue a buscar las llaves de repuesto de Martha. Había visto ese llavero innumerables veces a lo largo de los años; contenía las llaves de todo.
El cobertizo, el sótano, el archivador, incluso coches que habían vendido hacía décadas. Seguramente la llave del ático estaría allí.
Subió las escaleras y se detuvo ante esa puerta prohibida. Una a una, probó todas las llaves del llavero.
Ninguna encajaba.
Eso lo detuvo en seco. Martha guardaba las llaves de todo en ese llavero. Todo menos el ático.
Finalmente, más inquieto que curioso, Gerald fue a su caja de herramientas y cogió un destornillador. Le costó un poco, pero logró abrir la vieja cerradura.
Dentro de la Habitación Prohibida
En cuanto abrió la puerta, un olor denso y rancio se extendió por su interior. Era el aroma de papel viejo, como a libros guardados durante décadas.
Pero debajo había algo más intenso, casi metálico, que le provocó un nudo en el estómago.
Encendió la linterna y entró. Al principio, todo parecía exactamente como Martha siempre lo había descrito: cajas de cartón, muebles viejos cubiertos de sábanas polvorientas.
Ordinario. Inofensivo.
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