El ático cerrado que guardó un secreto de 52 años: El viaje de un hombre hacia una verdad inimaginable
Pero sus ojos seguían desviándose hacia el rincón más alejado de la habitación. Allí, solo, como esperándolo, había un viejo baúl de roble.
Era grueso y sólido, reforzado con esquinas de latón de un verde apagado por el tiempo. Un candado enorme lo sellaba, incluso más grande que el que acababa de arrancar de la puerta del ático.
Gerald se quedó allí un buen rato, escuchando el latido de su propio corazón en el silencio. No abrió el baúl esa noche.
La reacción aterrorizada de una esposa
A la mañana siguiente, durante su visita al centro de cuidados, Gerald decidió tantear el terreno con cuidado. Martha estaba de buen humor después de su sesión de fisioterapia.
"Martha", dijo con dulzura, "he estado oyendo ruidos de arañazos por la noche. Pensé que tal vez teníamos animales en el ático. ¿Qué hay en ese viejo baúl que guardas ahí arriba?"
El cambio en ella fue instantáneo y escalofriante. El color desapareció por completo de su rostro.
Sus manos comenzaron a temblar tanto que el vaso de agua que sostenía se le resbaló y se hizo añicos en el suelo.
"¿No lo abriste, verdad?", susurró, con los ojos llenos de pánico. "Gerry, por favor, dime que no abriste ese baúl".
Aún no lo había abierto. Pero el terror en su voz le indicó que todo acababa de cambiar.
No se trataba de muebles viejos ni de recuerdos polvorientos. Se trataba de algo mucho más grande, algo...
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