En las vastas extensiones de tierra roja de Santa Eudóxia, en el interior de São Paulo, el sol de 1849 no calentaba; quemaba. Quemaba la piel de los hombres encadenados y calcinaba las almas de quienes empuñaban los látigos. Allí, donde los cafetales se extendían como un mar verde y monótono, el Visconde de Cunha gobernaba como un dios caprichoso y cruel. Su hacienda, la “Fazenda Grande”, era un monumento a la riqueza construida sobre el sufrimiento, un lugar donde la humanidad se medía en sacos de grano y en cabezas de ganado.
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Pero entre las sombras de aquella plantación, existía una figura que desafiaba la comprensión de todos. Su nombre era Roque José Florêncio, aunque el mundo, en su afán de reducir a los hombres a meras herramientas, lo llamaba “Pata Seca”.
Roque no era un hombre común. Era un coloso de ébano que se alzaba a dos metros y dieciocho centímetros del suelo. Sus manos eran inmensas, con dedos largos y huesudos que recordaban a las ramas secas de un árbol antiguo, de ahí su apodo. Había sido comprado en Sorocaba por una fortuna, no para doblar su espalda en los campos de café, sino para una tarea que carcomía su espíritu mucho más que cualquier trabajo físico: la reproducción.
Debido a su impresionante estatura y fuerza física, el Visconde lo veía como un semental de raza. Creía en la superstición de que los hombres altos de canillas finas engendraban vástagos fuertes, oro puro para el mercado de esclavos. Así, Roque fue obligado a convertirse en el padre de una nación de esclavos. Cada semana, era llevado a las senzalas (alojamientos de esclavos). Sin amor, sin cortejo, sin permiso, fue forzado a engendrar más de doscientos hijos. Doscientas vidas que nacieron para ser propiedad, doscientos rostros que él veía ser arrancados de los brazos de sus madres para ser vendidos o puestos a trabajar. Roque vivía en un infierno particular: tenía privilegios, comida abundante y un cuarto separado, pero cargaba con la culpa de cada vida que traía a este mundo de cadenas. Por dentro, el gigante era un hombre sensible, roto, que rezaba cada noche pidiendo el fin de su tormento.
Al otro lado del espectro de la crueldad, en la opulencia de la Casa Grande, vivía otra alma prisionera. Su nombre era Leopoldina, conocida como la “Sinhazinha”. Hija legítima del Visconde y de Doña Carlota, Leopoldina había nacido con una condición que, a los ojos de su vanidosa familia, era una maldición imperdonable: enanismo.
Mientras Roque tocaba el techo con su cabeza, Leopoldina apenas alcanzaba el metro y veinte de estatura. Su nacimiento fue recibido con un silencio sepulcral y una vergüenza inmediata. Su madre, incapaz de soportar la “deformidad” social que representaba su hija, la entregó a las criadas y apartó la mirada para siempre. Su padre la escondió. Leopoldina creció entre las sombras de la mansión, invisible para el mundo exterior, rechazada por pretendentes que reían ante la idea de desposarla, y despreciada por su propia sangre.
Su refugio eran los libros. En las páginas robadas de la biblioteca de su padre, Leopoldina viajaba a mundos donde el tamaño del cuerpo no dictaba el valor del alma. Era culta, inteligente y poseía una sensibilidad aguda, pero para su familia, era solo un error que debía ocultarse.
El destino de estos dos marginados colisionó en 1865, fruto de la mente retorcida del Visconde. En una noche de embriaguez y cálculo frío, el patriarca concibió un experimento que consideró genial. ¿Qué sucedería si cruzaba al gigante reproductor con la hija rechazada? ¿Podría la genética corregirse a sí misma? ¿Podría nacer un heredero de estatura normal, o al menos, se mantendría la vergüenza confinada en los límites de la hacienda?
Sin consultar a nadie, dio la orden.
Leopoldina fue arrastrada de su habitación, gritando y llorando, llevada a un cuarto aislado situado en el limbo entre la Casa Grande y la senzala. Era un lugar húmedo, con una cama de paja y una ventana con barrotes. Poco después, la puerta se abrió y la inmensa figura de Roque llenó el marco.
El terror paralizó a Leopoldina. Conocía las historias. Sabía para qué usaban a ese hombre. Se encogió en un rincón, esperando lo peor, esperando ser devorada por la bestia que su padre había enviado.
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