El coronel entrega a su hija enana al esclavo de 2,18 m de altura, Pata Seca. Lo que hizo te sorprenderá.
Pero la bestia no atacó. Roque, al ver a la pequeña mujer temblando en el suelo, vio en sus ojos el mismo dolor que él veía cada mañana en el espejo. Vio la soledad, el rechazo y el miedo. Lentamente, el gigante se sentó en el suelo, en la esquina opuesta, tratando de hacerse pequeño, de no ocupar todo el aire de la habitación.
— No te haré daño, niña —dijo él, con una voz profunda que retumbó en las paredes de piedra, pero cargada de una suavidad inesperada.
El silencio se rompió. Durante esa primera noche, no hubo violencia, sino palabras. Roque le habló de su dolor, de los hijos que nunca pudo abrazar, de cómo se sentía un animal de feria. Leopoldina, con la voz entrecortada, le habló de su jaula de oro, de la madre que nunca la besó, de los libros que eran sus únicos amigos.
En la oscuridad de ese cuarto, descubrieron que eran espejos el uno del otro. Él, un hombre tratado como bestia; ella, una mujer tratada como error.
— Ellos quieren que te use —dijo Roque, mirando sus enormes manos—. Pero yo no quiero ser más una herramienta. — Y yo no quiero ser un experimento —respondió Leopoldina, secándose las lágrimas y encontrando una fuerza que no sabía que tenía—. Yo quiero elegir.
Y en un acto de rebelión silenciosa contra el mundo que los despreciaba, se eligieron. Roque cuidó de ella. Leopoldina le leía historias. Se enamoraron, no por mandato, sino por la necesidad desesperada de encontrar humanidad en el abismo. Él le traía flores del campo escondidas en sus ropas; ella le enseñaba sobre las estrellas.
Cuando Leopoldina quedó embarazada, el miedo y la esperanza se entrelazaron. Roque posaba sus manos gigantescas sobre el vientre de ella y lloraba. “A este sí lo conoceré”, juraba. “A este sí lo amaré”.
El niño nació en enero de 1866. Fue un parto difícil, acompañado por los gritos de Leopoldina y la ansiedad de Roque, que caminaba de un lado a otro fuera del cuarto. Cuando finalmente el llanto de un bebé rompió el amanecer, Roque entró temblando.
El niño era perfecto. Tenía un tamaño normal, piel morena y ojos vivaces. Lo llamaron Benedito.
El Visconde entró poco después, seguido por el médico. La inspección fue clínica y fría. — Tamaño normal —dictaminó el médico. El Visconde asintió, pero su sentencia fue implacable: — Es mulato. No sirve como heredero. Será registrado como esclavo. Trabajará en el campo cuando tenga edad.
El mundo de Roque se derrumbó una vez más. Pero entonces, sucedió lo impensable. Leopoldina, la pequeña mujer que siempre había vivido escondida, se irguió con la furia de una leona.
— Si mi hijo es esclavo —dijo, mirando a su padre a los ojos—, entonces yo también lo soy. Me iré a la senzala con él. Prefiero vivir en la miseria con mi hijo y con Roque, que en esta casa maldita sola.
Y lo cumplió. Leopoldina renunció a su estatus, a su cama suave y a su ropa fina. Se mudó al cuarto de Roque. Durante dos años, fueron una familia. Fueron, a pesar de todo, felices. Roque volvía del trabajo y encontraba a su hijo corriendo hacia él. Leopoldina cocinaba y cantaba. Habían construido un pequeño paraíso dentro del infierno.
Pero la felicidad de los esclavos es siempre prestada.
Cuando Benedito cumplió dos años, el Visconde decidió que el tiempo de juego había terminado. Los capataces llegaron una mañana. Arrancaron al niño de los brazos de Leopoldina. Roque, que estaba en el campo, escuchó los gritos y corrió. Al ver que se llevaban a su hijo, la furia contenida de años estalló. Intentó recuperarlo, luchó contra los hombres, pero eran demasiados.
Fue sometido, encadenado y arrastrado al pelourinho (poste de castigo). Allí, frente a todos, recibió veinte latigazos. Cada golpe abría su piel, pero no le dolía tanto como ver a Benedito ser llevado lejos, convertido en “propiedad”.
Los años siguientes fueron un desierto gris. Benedito creció trabajando en los campos, un niño triste que miraba de lejos a sus padres. Leopoldina se consumía en la tristeza, mirando por la ventana, viendo a su hijo cargar caña de azúcar bajo el sol, sin poder acercarse. Roque continuó siendo forzado a reproducirse, su cuerpo generaba vida mientras su alma moría un poco cada día.
Sin embargo, el tiempo, implacable como el sol, trajo cambios. Los vientos de la abolición comenzaron a soplar. Y en mayo de 1888, la noticia llegó como un trueno: la Ley Áurea había sido firmada. La esclavitud había terminado.
Ese día, Roque no esperó órdenes. Con sus sesenta años a cuestas, corrió hacia los cañaverales. Buscó entre los rostros sudorosos hasta que encontró al joven de veintidós años que tenía sus ojos y la determinación de su madre.
— ¡Hijo! —gritó Roque, con la voz quebrada por dos décadas de silencio forzado. Benedito soltó el machete. Corrieron el uno hacia el otro y se fundieron en un abrazo que borró veinte años de dolor. Leopoldina, corriendo tan rápido como sus piernas se lo permitían, se unió a ellos. Allí, en medio del campo, bajo el cielo abierto de Brasil, la familia finalmente fue libre.
Para deshacerse de la “vergüenza” y de la responsabilidad, el Visconde entregó a Roque veinte alqueires de tierra. No fue un regalo, fue un despido. Pero para Roque, fue un reino. Construyó una casa modesta, cultivó la tierra, crió gallinas y vendió rapadura. Se casó oficialmente con Leopoldina en la iglesia, sellando ante Dios lo que ya estaba sellado por el destino. Tuvieron más hijos, vivieron con dignidad.
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