El coronel entrega a su hija enana al esclavo de 2,18 m de altura, Pata Seca. Lo que hizo te sorprenderá.

Aunque gran parte de su tierra fue robada años después por políticos corruptos y grileiros (ladrones de tierras) que se aprovecharon de su analfabetismo, Roque nunca se amargó. Tenía lo que más importaba.

Leopoldina falleció en 1920, anciana y amada, rodeada de sus nietos. Sus últimas palabras fueron de gratitud hacia el hombre que la vio cuando el mundo la ignoraba. Roque la lloró, pero siguió adelante, convertido en un patriarca de leyenda.

Se dice que Roque José Florêncio, el gran Pata Seca, vivió hasta 1958. Los registros afirman que murió a la increíble edad de 130 años. Si es verdad o mito, poco importa frente a la magnitud de su vida. Dejó tras de sí una descendencia inmensa; se estima que hoy, más del 30% de la población de Santa Eudóxia lleva su sangre.

Pero más allá de los números y de los más de doscientos hijos engendrados en la oscuridad de la esclavitud, la verdadera historia de Roque es la de aquel único hijo, Benedito, engendrado en el amor. Su legado no es solo genético, es un testimonio de resistencia.

La historia de Pata Seca y la Sinhazinha Leopoldina nos recuerda que incluso en los rincones más oscuros de la historia humana, donde la crueldad parece absoluta, el amor puede florecer como una flor terca rompiendo el asfalto. Nos enseña que la dignidad no es algo que te dan, es algo que mantienes dentro de ti cuando todo lo demás te ha sido arrebatado. Y al final, aunque sus cuerpos descansan hace mucho en la tierra roja de São Paulo, su victoria permanece: eligieron ser humanos cuando el mundo quería que fueran cosas.

 

 

 

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